Europa y los nacionalismos militantes: 1906-1914

En toda Europa se enfrían, a partir de 1906, las pasiones imperialistas. Si hasta entonces los pueblos habían seguido con febril excitación las grandes pruebas de fuerza por la conquista de territorios de ultramar, ahora los problemas de política interna vuelven a acaparar el máximo interés. El gobierno inglés estaba interesado en disminuir los graves gastos militares, consecuencia de dos decenios de política exterior ambiciosa, y en reducir en lo posible los compromisos internacionales de Inglaterra. Esta situación era análoga en Francia, Alemania, e incluso Rusia. Sin embargo, en estos últimos años antes de la guerra, Europa vive una época de paz no exenta de tensiones; es el período que los historiadores han bautizado de la “paz armada”. Bismarck había demostrado su gigantesca talla diplomática al conseguir formar un bloque en torno a Alemania, la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia), e impedir la formación de un bloque de adversarios. Así pues, no comenzaba para Europa un período tranquilo: al crecer las fuerzas democráticas se liberaron en mayor medida energías nacionalistas que introdujeron en las relaciones internacionales de las potencias un nuevo factor de extrema agresividad.
Este nuevo elemento se puso de manifiesto en la evolución de la rivalidad naval entre Alemania e Inglaterra: el programa alemán de construcción de nuevos buques de guerra de dimensiones y potencia bélica hasta entonces desconocidas, empezó a representar una sería amenaza para el dominio inglés de los mares en 1906, con lo cual se inició una carrera por el armamento naval entre las dos potencias. Inglaterra intentó, a su vez, renovar la flota para no perder su hegemonía sobre los mares, a pesar de que Guillermo II afirmaba que la flota alemana no estaba dirigida contra Inglaterra, lo cual, subjetivamente, correspondía a la verdad; para el Kaiser, ésta constituía un soberbio juguete, símbolo de prestigio mundial. De esta manera, la relación entre ambos países se fue enfriando. No obstante, otros problemas más urgentes desviaron la atención de estos temas: la primera y segunda crisis marroquí, la crisis de bosnia, y las guerras balcánicas.
La penetración de Francia en Marruecos se efectuó a la manera clásica: ofrecimiento al sultán de ayuda técnica y asistencia militar. Inglaterra por razones estratégicas, y España por poseer intereses en la zona, miraban con recelo las iniciativas francesas. En 1905, en la visita de Guillermo II a Tánger, el emperador se erige en protector de la independencia de Marruecos, lo que provoca una gran crisis internacional. El canciller alemán Von Bülow, al internacionalizar el problema marroquí, esperaba obtener ventajas o, en el peor de los casos, un medio de presión para frenar a Francia en otros lugares. En la conferencia de Algeciras en 1906 se acuerda mantener la independencia de Marruecos, pero también el protectorado francés en la zona, postura que apoyaron Inglaterra, Rusia e Italia. Las repercusiones internacionales de este conflicto fueron grandes: la temida posibilidad de una agresiva política exterior por parte de Alemania, y con ello el estallido de la guerra, provoca que en 1907 se firme la Triple Entente (Gran Bretaña, Francia y Rusia), el bloque mundial más poderoso, ya que suponía la suma de tres imperios gigantescos.
En 1911 estalla la segunda crisis marroquí. Alemania acusa a Francia de sobrepasar en su acción los límites que le fijaba el Acta de Algeciras y de no respetar el principio de “puerta abierta” para todos en las actividades económicas. La violación de este acuerdo ofrece al Reich alemán un pretexto para volver a plantear la cuestión marroquí, y envía un buque de guerra germano al puerto de Agadir, seguido de la exigencia de una compensación: el Congo francés. Finalmente, se acepta la cesión de una parte de la zona francesa del Congo, a cambio de una total libertad para Francia en Marruecos. El acuerdo exacerba el nacionalismo en Francia y en Alemania, donde se estima que la compensación ha sido insuficiente.

Por otro lado, para Austria, potencia sin colonias y sin salida marítima, era vital la penetración económica en los Balcanes. Austria cifraba sus metas en la participación en el comercio de los estados del sur, concretamente en la venta de sus excedentes agrícolas. Durante algunos años Austria y Rusia se entienden y los zares acceden a mantener el imperio turco, mientras Alemania organiza el ejército turco e incrementa su penetración financiera. Pero la rivalidad serbio-austríaca volvió a envenenar la situación internacional. Los monarcas serbios de finales de siglo habían mantenido una política de amistad y cierta subordinación a Austria. Sin embargo, en 1903, un golpe de Estado y el asesinato de los monarcas se resuelve en el acceso al trono de los radicales nacionalistas, que cerraron la salida de los productos austríacos hacia el sudeste y cortaron el ferrocarril que los austríacos habían construido hasta Salónica, la principal vía de comunicación Norte-Sur a través del espacio balcánico. En esta situación, el ministro de Asuntos Exteriores austríaco, Aehrenthal, propone que la única salida para Austria es la incorporación de Bosnia-Herzegovina; la ocupación se efectúa en octubre de 1908 y se llega al borde de la guerra. Sin embargo, Alemania presiona para impedir el conflicto.
Tres años después Italia, que considera que debe comparecer en el reparto del viejo imperio otomano, reclama Libia e inicia una guerra; después de la provincia africana, extiende las operaciones militares a las islas del Egeo. Serbia, Bulgaria y Grecia forman una Liga Balcánica, y con ayuda rusa derrotan al ejército turco (Primera Guerra Balcánica). Turquía cede a Italia Libia y las islas del Dodecaneso; reconoce la independencia de Albania y queda reducida a la región de Constantinopla y los Estrechos, mientras los Estados balcánicos se reparten el resto del continente y las islas.
En 1913 estalla la guerra entre los vencedores (Segunda Guerra Balcánica). En el choque entre serbios y búlgaros los griegos apoyan a aquéllos y los tucos reemprenden el combate. Bulgaria, que fue la que inició la guerra, es la gran perdedora, y tiene que devolver Andrinópolis a los turcos, ceder el sur de la Dobrudja a Rumanía, y la mayor parte de Macedonia a serbios y griegos. El resultado es el engrandecimiento de Serbia, lo que supone un obstáculo para las comunicaciones austríacas por la ruta de Salónica. Así, el enfrentamiento entre las dos naciones parece inevitable. Italia y Austria, a pesar de estar unidas en la Triple Alianza, rivalizan para controlar Albania. Y Rusia observa con alarma la posibilidad de que Austria pueda vencer a Serbia y convertirse en la gran potencia balcánica; en esa eventualidad no dudaría en ir a la guerra, en apoyo de Serbia. Precisamente esta situación es la que provoca el conflicto en 1914.

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