Las estructuras de la sociedad y los problemas sociales

Las diferencias en el grado de desarrollo de las economías nacionales aún eran muy acusadas en los tres decenios que precedieron a la I Guerra Mundial. Mientras por un lado se encontraban en los comienzos de la sociedad industrial, por otro permanecían aún a menudo en el terreno de una economía agraria de estructura patriarcal. Esta situación producía agudos contrastes políticos y sociales tanto entre las naciones europeas como en el interior de cada una de ellas, contrastes que influían en la mentalidad de los pueblos. Sin embargo, en general, había una tendencia a la ruptura de las barreras tradicionales entre las clases hacia la igualación, unida inevitablemente a la moderna sociedad de consumo. El orden social tenía un poderoso contrincante, aunque todavía desorganizado: la masa obrera industrial, desligada en gran medida de los vínculos tradicionales, y que se desarrollaba al margen de la sociedad burguesa.
Aún a pesar de todas estas transformaciones, las viejas élites dirigentes, predominantemente aristocráticas, se mantuvieron en el poder en casi toda Europa. A los artífices del nuevo desarrollo industrial les quedó vedada, hasta 1914, la entrada en las capas dirigentes políticas, muchas veces también porque preferían el poder económico al político. De este modo, y debido también a que la agricultura europea sufría cada vez más bajo la competencia superior de los productores de cereales ultramarinos, la nobleza, concentrada en la explotación de sus tierras, perdió la ocasión de conectar con el desarrollo industrial. Por ello, la nobleza hizo lo posible por inducir al Estado a tomar medidas proteccionistas que protegieran la agricultura nacional. En tales circunstancias, la aristocracia era absolutamente incapaz de mantenerse exclusivamente de los ingresos que les proporcionaban sus tierras, por lo que comenzó a entrar a servir en el aparato estatal de la administración y el gobierno. En Rusia, por ejemplo, los altos puestos administrativos eran privilegio de la aristocracia.

A esto se añade que en toda Europa las fuerzas armadas ofrecían un refugio a las clases conservadoras; en ellas se podían cultivar las propias tradiciones aristocráticas sin intervención de la opinión pública. En todos los países europeos servir algunos años como oficial en un regimiento de prestigio formaba parte de la carrera de un aristócrata antes de ponerse al frente de las posesiones familiares o iniciar la carrera de funcionario. Sin embargo, la I Guerra Mundial requería una alta cantidad de oficiales capacitados para la dirección de los modernos ejércitos de masas y para el uso de la creciente tecnificación de la estrategia militar, lo que resultó desfavorable a la aristocracia, ya que hubo que recurrir a oficiales burgueses. Se puede decir que, en general, el desarrollo industrial amenazaba en toda Europa la posición de predominio económico y social de las élites dirigentes tradicionales.
Bajo los efectos de la segunda oleada de la industrialización, la burguesía se desintegró en una serie de grupos con intereses e ideas políticas muy diferentes. A grandes rasgos, podemos identificar tres grupos: a) la nueva aristocracia industrial, decidida a aliarse con las élites conservadoras dominantes frente a las reivindicaciones obreras; b) los funcionarios, los altos empleados cada vez más numerosos y los miembros de las profesiones libres, grupo favorable a la autoridad establecida y uno de los pilares principales del nacionalismo; c) la llamada “clase media”, especialmente los pequeños comerciantes y los artesanos, a la que se unía el ejército de pequeños funcionarios y empleados. Este último grupo era todo menos homogéneo, en contra de la previsión de Marx, y exigía al Estado una protección especial para hacer frente a la competencia del gran capital (e.g. en forma de impuestos especiales a los grandes almacenes). Una gran parte de las empresas artesanales tradicionales sólo se mantuvo gracias a un radical cambio den su producción, otras desaparecieron por completo. Todos estos grupos de la clase media se encontraban en un estado de inquietud constante, muy propicio para la agitación anticapitalista y también antisemita. Tampoco acertó Marx al prever que el número de capitalistas se reduciría: en realidad los capitalistas eran cada vez más en número, y a su lado había surgido una capa de managers y directivos que iba desbancando a los empresarios de viejo cuño en la dirección de las empresas. Las clases medias, a pesar de representar en números absolutos una minoría frente a la clase obrera, ofrecían más rápidamente que ésta.
La nueva estructuración de clases, que comenzaba a cristalizar bajo la influencia de la industrialización, se vio condicionada en los países de Europa oriental y del sur por la pervivencia de antiguas estructuras sociales agrarias. En los Balcanes, Italia y Península Ibérica existía una economía de latifundio más o menos feudal, frente a un proletariado rural en condiciones de vida pobrísimas. Los grupos burgueses jugaban un papel muy secundario en la vida social. Además, desde los años 70, también la burguesía europea se vio enfrentada a los obreros industriales, aún desorganizados. Gracias a la gran afluencia de población rural, pero también a la explosión demográfica, las masas obreras de los centros industriales crecieron con enorme rapidez. En general, encontraban trabajo, aunque en los primeros tiempos en condiciones difícilmente soportables. La reivindicación de la jornada de ocho horas lanzada por la Segunda Internacional Socialista en su congreso fundacional de París en 1889, equivalía a una declaración de guerra a los empresarios y a la sociedad de clases burguesa. Sin embargo, lo más catastrófico eran las miserables condiciones de vida en los barrios obreros de las nuevas sociedades industriales, que crecían sin planificación alguna. Las organizaciones sindicales obreras, hacia 1890, se hallaban en sus comienzos, y en Rusia las asociaciones de trabajadores estaban aún prohibidas. De modo que, en su desesperación y su profunda hostilidad contra los patronos, policía y autoridades, los obreros, sometidos a un sistema de sanciones y reducciones de salarios, sólo podían recurrir a la organización clandestina dentro de las mismas fábricas.
Los empresarios estaban de acuerdo sobre el objetivo que había que perseguir: impedir por todos los medios el acceso de los sindicatos al poder y anular su influencia sobre los obreros. En Inglaterra se formaron equipos anti-huelgas, y en Alemania los llamados “sindicatos amarillos”, financiados por los patronos, servían a fines parecidos. Los empresarios crearon también asociaciones de patronos, cada vez más grandes, para responder a la táctica seguida por los sindicatos y agotar sus reservas. La posición de los obreros organizados sindicalmente era todo menos buena alrededor de 1900, y los grupos radicales entre los trabajadores registraron numerosa afluencia.

Así, la inestabilidad de los sistemas políticos, de paso a formas de gobierno más democráticas, aumentaba con las fortísimas tensiones del cuerpo social. Todos los grupos de la sociedad defendían tozudamente sus propiedades con todos los medios adecuados, demasiado a menudo también inadecuados. Los obreros creían casi exclusivamente en la huelga general como solución y esperaban todo de una revolución violenta. Sin embargo, poco a poco fue imponiéndose en Europa central y occidental la idea de que la emancipación de los obreros podía llevarse a cabo en un proceso paulatino y por etapas.

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