Tendencias y fuerzas dominantes de la época

Las ideologías políticas
El siglo XIX estaba dominado por la lucha por un orden constitucional y social nuevo. En todos los estados de Europa, el liberalismo, apoyado por la burguesía ascendente, dirigió su ataque contra el orden monárquico establecido y con ello contra el fosilizado predominio social y político de las clases aristocráticas. El nuevo programa que el liberalismo ofrecía constaba de la garantía de los derechos humanos y civiles, la participación de la nación en la vida política dentro del marco de un sistema constitucional, la libertad de acción espontánea de cada individuo en la economía y la sociedad, la abolición de leyes anacrónicas, y la máxima limitación del Estado en favor de los ciudadanos. Debido, sobre todo, al hecho de haberse aliado con el moderno concepto de nación, y a pesar de enfrentarse a la dura resistencia de las clases dominantes, en los años setenta el programa político esencial del liberalismo europeo se había impuesto en gran medida, al menos en Europa occidental y central. El liberalismo era la fuerza progresista por excelencia de la política europea.
Los dos frentes importantes a los que se enfrentaba el liberalismo eran: el socialismo, que de momento apenas representaba un peligro real, aun a pesar de que la doctrina anarquista (basada fundamentalmente en Bakunin) movilizara la opinión pública europea mediante numerosos atentados; el otro rival era la democracia radical, que propugnaba la realización de los principios de soberanía del pueblo, sin contentarse con el “Estado de derecho” ni con el constitucionalismo, que esta dirigido por las capas superiores de la burguesía y con ellas las antiguas fuerzas conservadoras. Sin embargo, la debilidad de los socialistas y los radicales hacía que el liberalismo fuera el único movimiento político con posibilidades de disputar con éxito a los grupos aristocráticos tradicionales el poder en el Estado.

La situación cambió radicalmente durante los años 80. Antes de que se hubiera resuelto la batalla por la transformación del antiguo orden estatal y social monárquico de Europa, las fuerzas del liberalismo comenzaron a declinar, cayendo en un letargo político. En el ascenso de la clase trabajadora se anunciaba una nueva fuerza política que atacaba a la burguesía como cabeza del Estado y de la sociedad, y tachaba de usurpación su situación social de propietario. En consecuencia, el liberalismo concentró sus energías en la defensa de las posiciones políticas y sociales conquistadas, renunciando a la parte aún no realizada de su programa político. Esta debilitación del sistema liberal se hizo patente en todos los países europeos, aunque de maneras diversas dependiendo del país. Las fuerzas conservadoras aún ocupaban importantes posiciones de poder en la mayoría de los Estados europeos, y en algunos casos incluso poseían el poder absoluto, como sucedía en Rusia y Austria-Hungría. No menos cierto es que los argumentos tradicionales de la ideología conservadora, especialmente su insistencia sobre el origen divino del orden social y política establecido estaban perdiendo fuerza de convicción en una época de secularización de las relaciones vitales y de creciente legislación estatal. Su principal punto de apoyo lo encontraba en la Iglesia: el anglicanismo en Inglaterra, el catolicismo en Francia y los demás países latinos, y el protestantismo, fiel a la monarquía, en Alemania. Las fuertes tendencias secularizadoras que aparecieron en toda Europa durante el proceso de industrialización hizo que los conservadores se atrincheraran en las posiciones políticas y sociales que aún se hallaban en su poder, sobre todo en las fuerzas armadas -la marina en Inglaterra y el ejército en el continente-. Al final los conservadores se entregaron sin reservas al nuevo nacionalismo agresivo con el objeto de vencer al rival liberal con una ideología nacional militante.
La idea de la nación como comunidad de acción de todos los ciudadanos pertenecientes a una misma lengua estuvo en principio estrechamente ligada a las ideas liberales y democráticas. Especialmente el liberalismo italiano y alemán habían concebido la unidad nacional y la libertad política como las dos caras de una misma moneda. Este nuevo imperialismo nacionalista ya no trataba de adquirir territorios en ultramar para la explotación económica o la colonización, sino para la expansión con el deseo de convertirse en una gran potencia mundial, aprovechando las posibilidades económicas, las ventajas estratégicas e, incluso, el “material humano” de las colonias para fortalecer la propia posición de dominio nacional. Otro factor, menos relevante, que condujo a la expansión del nacionalismo, fue la doctrina humanitaria de Kipling, según la cual las razas blancas estaban llamadas a dominar a los pueblos de color gracias a su mayor vitalidad y cultura. La empresa de llevar el cristianismo a los pueblos de África y Asia justificó demasiadas veces la ocupación imperialista de territorios ultramarinos.
En la encrucijada de estas rivalidades nacionalistas, el capitalismo moderno empezó a desarrollar rasgos imperialistas sobre la base de aquellas clases sociales que pasaron a un primer plano con el desarrollo de la sociedad industrial. Este nuevo imperialismo militante, a menudo aliado a los más bajos instintos de las masas, encontró apoyo en los social-darwinistas, que trasladaron la doctrina de la “lucha por la existencia” a la vida de las naciones, muchas veces interpretada como una lucha entre razas superiores e inferiores. Estas ideas encontraron gran eco entre los pensadores ingleses, pero también en el continente, sobre todo en Alemania, que se dirigía hacia una política expansionista apoyada por un fuerte potencial militar. Sin embargo, la idea imperialista constituía un elemento extraño dentro de la ideología liberal tradicional, lo que dio lugar a divisiones en el seno del liberalismo, provocando una grave crisis en este sistema, crisis de la que nunca llegó a recuperarse por completo. La contradicción interna entre una política fuerte de expansión y los ideales libertarios del liberalismo tradicional, era difícilmente superable. Si Inglaterra estaba a favor de un programa de reformas político-sociales (abandonando el laissez-faire), donde el principio de la libertad del individuo debía ser adaptado a las exigencias de la sociedad de masas de la era industrial, otros países se dirigían en dirección opuesta: hacia un nacionalismo extremo, con elementos antisemitas y racistas, y de fuerte atracción emocional, donde se oponían las virtudes militares -valor, entrega al Estado y a la nación, y obediencia absoluta- a los principios liberales de la burguesía. En general, el antisemitismo empezó a extenderse por toda Europa desde 1880. En Alemania aparecieron voces que pedían la exclusión radical de los judíos de toda manifestación de la vida nacional, formulando incluso amenazas de un posible exterminio si éstos no se decidían a emigrar voluntariamente. En Italia, Mosca define la esencia de toda política como la lucha entre élites por el poder en el Estado, y Pareto mostraba su desprecio hacia el orden social burgués y justificaba las ambiciones de poder de la élite política, preparando así la victoria posterior del fascismo en Italia.

En este contexto, el socialismo de tipo marxista, que aglutinó a la mayor parte del movimiento obrero en pugna contra la burguesía, se puso a la cabeza en casi todo el continente europeo, relegando las variantes utópicas y social-reformistas del socialismo a un segundo plano. Así, la socialdemocracia alemana concentró sus energías en organizar disciplinadamente a las masas populares dentro del partido y los sindicatos, bajo la bandera de un programa socialista de carácter casi fatalista. El movimiento obrero alemán, además, fue el gran ejemplo para los obreros de casi todos los países europeos. El papel dirigente de la socialdemocracia alemana se volvió a hacer patente en el congreso fundacional de la Segunda Internacional Socialista, celebrado en París en 1889, donde se impuso tanto el programa marxista como la fórmula parlamentaria propugnada por la socialdemocracia alemana. La Segunda Internacional Socialista fue aceptada unánimemente como la organización reconocida del movimiento obrero internacional, lo que dio a los partidos socialdemócratas de tendencia marxista clara ventaja frente al resto de los partidos. En 1896 los anarquistas fueron excluidos de los congresos, y su influencia fue disminuyendo. La decisión del congreso de París de declarar el 1 de mayo “día de la manifestación internacional del movimiento obrero a favor de la jornada de trabajo de ocho horas” se convirtió en bandera de la lucha de clases. Hacia 1895 parecía segura la victoria del socialismo marxista sobre sus rivales ideológicos en Europa.
Sin embargo, esta paz ideológica dentro del movimiento socialista europeo no duró mucho tiempo. En pocos años se desencadenó la discusión entre los partidarios de una dirección marxista ortodoxa, y los partidarios de una política de reforma activa en el marco del orden social activo (revolucionarios contra reformistas), que buscaban llegar al poder con ayuda de los métodos de la lucha parlamentaria. Objeto de graves discusiones fueron, por ejemplo, el tema de la actitud que había de adoptar la socialdemocracia frente a los campesinos independientes, o el de si era o no lícito el pacto electoral con partidos burgueses, etc. A pesar de todo, la socialdemocracia alemana impuso en el congreso de la Segunda Internacional, convocado en Amsterdam en 1904, su punto de vista: el socialismo no debía participar en coaliciones burguesas, no colocarse en el terreno de las simples reformas de la sociedad burguesa existente. De esta manera, se rechazaba cualquier compromiso con los partidos burgueses: aún no se quería renunciar al mito de la revolución socialista. A través de una serie de huelgas generales, la socialdemocracia belga consiguió la reforma parcial de la ley electoral, el movimiento austríaco conquistó el sufragio universal en 1906, y Finlandia lo hizo en 1905. En Francia, el método preferido era el de la “acción directa”, por medio de la huelga, el sabotaje y el boicot (para Sorel, por ejemplo, el movimiento sindicalista era el medio adecuado para destruir la cultura y el orden social racionalista en decadencia). La doctrina sindicalista era en esencia una doctrina de lucha nacida directamente de la profundidad de la oposición de clases, y no un sistema político elaborado como el socialismo; por esta razón el sindicalismo ejercía una fuerte atracción sobre los trabajadores franceses, y se dirigía directamente contra el enemigo de clase. La lucha de los diferentes partidos socialistas, por el contrario, se planteaba en un terreno ajeno a los trabajadores, y sus intervenciones en el engranaje parlamentario les parecían incomprensibles y poco eficaces.

En Europa central y occidental, por el contrario, se extendía la tendencia opuesta. Sobre todo en Alemania disminuyeron las huelgas de masas gracias a la consolidación y expansión de los sindicatos: era inadmisible que los frutos del trabajo sindical de muchos años fueran puestos en peligro por acciones políticas arriesgadas. Esta opinión se generalizó entre los demás partidos de la Segunda Internacional. A cambio la minoría radical de izquierdas empezó a declararse partidaria de los métodos de la huelga general, sobre todo después de que la revolución rusa de 1905 había demostrado todo lo que podían esperar los trabajadores de la huelga de masas espontánea (Rosa Luxemburg fue el principal defensor de esta dirección). Tras la victoria de Lenin y los bolcheviques (mayoritarios), éste instauró la “dictadura del proletariado” como la meta fundamental de toda lucha socialista, concentrando el poder en manos de un grupo reducido de revolucionarios profesionales y, aunque por razones tácticas aceptó la actividad parlamentaria del partido bolchevique, siguió siendo un enemigo irreconciliable de todos los intentos de conseguir la emancipación de la clase obrera por los métodos legales, sobre todo en colaboración con la democracia burguesa. La primera meta del proletariado sería la destrucción completa del aparato estatal tradicional para después, mediante la “dictadura del proletariado”, y tras un período de transición de lucha de clases, dar paso a la sociedad sin clases del comunismo.

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