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Tendencias y fuerzas dominantes de la época

Las ideologías políticas
El siglo XIX estaba dominado por la lucha por un orden constitucional y social nuevo. En todos los estados de Europa, el liberalismo, apoyado por la burguesía ascendente, dirigió su ataque contra el orden monárquico establecido y con ello contra el fosilizado predominio social y político de las clases aristocráticas. El nuevo programa que el liberalismo ofrecía constaba de la garantía de los derechos humanos y civiles, la participación de la nación en la vida política dentro del marco de un sistema constitucional, la libertad de acción espontánea de cada individuo en la economía y la sociedad, la abolición de leyes anacrónicas, y la máxima limitación del Estado en favor de los ciudadanos. Debido, sobre todo, al hecho de haberse aliado con el moderno concepto de nación, y a pesar de enfrentarse a la dura resistencia de las clases dominantes, en los años setenta el programa político esencial del liberalismo europeo se había impuesto en gran medida, al menos en Europa occidental y central. El liberalismo era la fuerza progresista por excelencia de la política europea.
Los dos frentes importantes a los que se enfrentaba el liberalismo eran: el socialismo, que de momento apenas representaba un peligro real, aun a pesar de que la doctrina anarquista (basada fundamentalmente en Bakunin) movilizara la opinión pública europea mediante numerosos atentados; el otro rival era la democracia radical, que propugnaba la realización de los principios de soberanía del pueblo, sin contentarse con el “Estado de derecho” ni con el constitucionalismo, que esta dirigido por las capas superiores de la burguesía y con ellas las antiguas fuerzas conservadoras. Sin embargo, la debilidad de los socialistas y los radicales hacía que el liberalismo fuera el único movimiento político con posibilidades de disputar con éxito a los grupos aristocráticos tradicionales el poder en el Estado.

La situación cambió radicalmente durante los años 80. Antes de que se hubiera resuelto la batalla por la transformación del antiguo orden estatal y social monárquico de Europa, las fuerzas del liberalismo comenzaron a declinar, cayendo en un letargo político. En el ascenso de la clase trabajadora se anunciaba una nueva fuerza política que atacaba a la burguesía como cabeza del Estado y de la sociedad, y tachaba de usurpación su situación social de propietario. En consecuencia, el liberalismo concentró sus energías en la defensa de las posiciones políticas y sociales conquistadas, renunciando a la parte aún no realizada de su programa político. Esta debilitación del sistema liberal se hizo patente en todos los países europeos, aunque de maneras diversas dependiendo del país. Las fuerzas conservadoras aún ocupaban importantes posiciones de poder en la mayoría de los Estados europeos, y en algunos casos incluso poseían el poder absoluto, como sucedía en Rusia y Austria-Hungría. No menos cierto es que los argumentos tradicionales de la ideología conservadora, especialmente su insistencia sobre el origen divino del orden social y política establecido estaban perdiendo fuerza de convicción en una época de secularización de las relaciones vitales y de creciente legislación estatal. Su principal punto de apoyo lo encontraba en la Iglesia: el anglicanismo en Inglaterra, el catolicismo en Francia y los demás países latinos, y el protestantismo, fiel a la monarquía, en Alemania. Las fuertes tendencias secularizadoras que aparecieron en toda Europa durante el proceso de industrialización hizo que los conservadores se atrincheraran en las posiciones políticas y sociales que aún se hallaban en su poder, sobre todo en las fuerzas armadas -la marina en Inglaterra y el ejército en el continente-. Al final los conservadores se entregaron sin reservas al nuevo nacionalismo agresivo con el objeto de vencer al rival liberal con una ideología nacional militante.
La idea de la nación como comunidad de acción de todos los ciudadanos pertenecientes a una misma lengua estuvo en principio estrechamente ligada a las ideas liberales y democráticas. Especialmente el liberalismo italiano y alemán habían concebido la unidad nacional y la libertad política como las dos caras de una misma moneda. Este nuevo imperialismo nacionalista ya no trataba de adquirir territorios en ultramar para la explotación económica o la colonización, sino para la expansión con el deseo de convertirse en una gran potencia mundial, aprovechando las posibilidades económicas, las ventajas estratégicas e, incluso, el “material humano” de las colonias para fortalecer la propia posición de dominio nacional. Otro factor, menos relevante, que condujo a la expansión del nacionalismo, fue la doctrina humanitaria de Kipling, según la cual las razas blancas estaban llamadas a dominar a los pueblos de color gracias a su mayor vitalidad y cultura. La empresa de llevar el cristianismo a los pueblos de África y Asia justificó demasiadas veces la ocupación imperialista de territorios ultramarinos.
En la encrucijada de estas rivalidades nacionalistas, el capitalismo moderno empezó a desarrollar rasgos imperialistas sobre la base de aquellas clases sociales que pasaron a un primer plano con el desarrollo de la sociedad industrial. Este nuevo imperialismo militante, a menudo aliado a los más bajos instintos de las masas, encontró apoyo en los social-darwinistas, que trasladaron la doctrina de la “lucha por la existencia” a la vida de las naciones, muchas veces interpretada como una lucha entre razas superiores e inferiores. Estas ideas encontraron gran eco entre los pensadores ingleses, pero también en el continente, sobre todo en Alemania, que se dirigía hacia una política expansionista apoyada por un fuerte potencial militar. Sin embargo, la idea imperialista constituía un elemento extraño dentro de la ideología liberal tradicional, lo que dio lugar a divisiones en el seno del liberalismo, provocando una grave crisis en este sistema, crisis de la que nunca llegó a recuperarse por completo. La contradicción interna entre una política fuerte de expansión y los ideales libertarios del liberalismo tradicional, era difícilmente superable. Si Inglaterra estaba a favor de un programa de reformas político-sociales (abandonando el laissez-faire), donde el principio de la libertad del individuo debía ser adaptado a las exigencias de la sociedad de masas de la era industrial, otros países se dirigían en dirección opuesta: hacia un nacionalismo extremo, con elementos antisemitas y racistas, y de fuerte atracción emocional, donde se oponían las virtudes militares -valor, entrega al Estado y a la nación, y obediencia absoluta- a los principios liberales de la burguesía. En general, el antisemitismo empezó a extenderse por toda Europa desde 1880. En Alemania aparecieron voces que pedían la exclusión radical de los judíos de toda manifestación de la vida nacional, formulando incluso amenazas de un posible exterminio si éstos no se decidían a emigrar voluntariamente. En Italia, Mosca define la esencia de toda política como la lucha entre élites por el poder en el Estado, y Pareto mostraba su desprecio hacia el orden social burgués y justificaba las ambiciones de poder de la élite política, preparando así la victoria posterior del fascismo en Italia.

En este contexto, el socialismo de tipo marxista, que aglutinó a la mayor parte del movimiento obrero en pugna contra la burguesía, se puso a la cabeza en casi todo el continente europeo, relegando las variantes utópicas y social-reformistas del socialismo a un segundo plano. Así, la socialdemocracia alemana concentró sus energías en organizar disciplinadamente a las masas populares dentro del partido y los sindicatos, bajo la bandera de un programa socialista de carácter casi fatalista. El movimiento obrero alemán, además, fue el gran ejemplo para los obreros de casi todos los países europeos. El papel dirigente de la socialdemocracia alemana se volvió a hacer patente en el congreso fundacional de la Segunda Internacional Socialista, celebrado en París en 1889, donde se impuso tanto el programa marxista como la fórmula parlamentaria propugnada por la socialdemocracia alemana. La Segunda Internacional Socialista fue aceptada unánimemente como la organización reconocida del movimiento obrero internacional, lo que dio a los partidos socialdemócratas de tendencia marxista clara ventaja frente al resto de los partidos. En 1896 los anarquistas fueron excluidos de los congresos, y su influencia fue disminuyendo. La decisión del congreso de París de declarar el 1 de mayo “día de la manifestación internacional del movimiento obrero a favor de la jornada de trabajo de ocho horas” se convirtió en bandera de la lucha de clases. Hacia 1895 parecía segura la victoria del socialismo marxista sobre sus rivales ideológicos en Europa.
Sin embargo, esta paz ideológica dentro del movimiento socialista europeo no duró mucho tiempo. En pocos años se desencadenó la discusión entre los partidarios de una dirección marxista ortodoxa, y los partidarios de una política de reforma activa en el marco del orden social activo (revolucionarios contra reformistas), que buscaban llegar al poder con ayuda de los métodos de la lucha parlamentaria. Objeto de graves discusiones fueron, por ejemplo, el tema de la actitud que había de adoptar la socialdemocracia frente a los campesinos independientes, o el de si era o no lícito el pacto electoral con partidos burgueses, etc. A pesar de todo, la socialdemocracia alemana impuso en el congreso de la Segunda Internacional, convocado en Amsterdam en 1904, su punto de vista: el socialismo no debía participar en coaliciones burguesas, no colocarse en el terreno de las simples reformas de la sociedad burguesa existente. De esta manera, se rechazaba cualquier compromiso con los partidos burgueses: aún no se quería renunciar al mito de la revolución socialista. A través de una serie de huelgas generales, la socialdemocracia belga consiguió la reforma parcial de la ley electoral, el movimiento austríaco conquistó el sufragio universal en 1906, y Finlandia lo hizo en 1905. En Francia, el método preferido era el de la “acción directa”, por medio de la huelga, el sabotaje y el boicot (para Sorel, por ejemplo, el movimiento sindicalista era el medio adecuado para destruir la cultura y el orden social racionalista en decadencia). La doctrina sindicalista era en esencia una doctrina de lucha nacida directamente de la profundidad de la oposición de clases, y no un sistema político elaborado como el socialismo; por esta razón el sindicalismo ejercía una fuerte atracción sobre los trabajadores franceses, y se dirigía directamente contra el enemigo de clase. La lucha de los diferentes partidos socialistas, por el contrario, se planteaba en un terreno ajeno a los trabajadores, y sus intervenciones en el engranaje parlamentario les parecían incomprensibles y poco eficaces.

En Europa central y occidental, por el contrario, se extendía la tendencia opuesta. Sobre todo en Alemania disminuyeron las huelgas de masas gracias a la consolidación y expansión de los sindicatos: era inadmisible que los frutos del trabajo sindical de muchos años fueran puestos en peligro por acciones políticas arriesgadas. Esta opinión se generalizó entre los demás partidos de la Segunda Internacional. A cambio la minoría radical de izquierdas empezó a declararse partidaria de los métodos de la huelga general, sobre todo después de que la revolución rusa de 1905 había demostrado todo lo que podían esperar los trabajadores de la huelga de masas espontánea (Rosa Luxemburg fue el principal defensor de esta dirección). Tras la victoria de Lenin y los bolcheviques (mayoritarios), éste instauró la “dictadura del proletariado” como la meta fundamental de toda lucha socialista, concentrando el poder en manos de un grupo reducido de revolucionarios profesionales y, aunque por razones tácticas aceptó la actividad parlamentaria del partido bolchevique, siguió siendo un enemigo irreconciliable de todos los intentos de conseguir la emancipación de la clase obrera por los métodos legales, sobre todo en colaboración con la democracia burguesa. La primera meta del proletariado sería la destrucción completa del aparato estatal tradicional para después, mediante la “dictadura del proletariado”, y tras un período de transición de lucha de clases, dar paso a la sociedad sin clases del comunismo.
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Las estructuras de la sociedad y los problemas sociales

Las diferencias en el grado de desarrollo de las economías nacionales aún eran muy acusadas en los tres decenios que precedieron a la I Guerra Mundial. Mientras por un lado se encontraban en los comienzos de la sociedad industrial, por otro permanecían aún a menudo en el terreno de una economía agraria de estructura patriarcal. Esta situación producía agudos contrastes políticos y sociales tanto entre las naciones europeas como en el interior de cada una de ellas, contrastes que influían en la mentalidad de los pueblos. Sin embargo, en general, había una tendencia a la ruptura de las barreras tradicionales entre las clases hacia la igualación, unida inevitablemente a la moderna sociedad de consumo. El orden social tenía un poderoso contrincante, aunque todavía desorganizado: la masa obrera industrial, desligada en gran medida de los vínculos tradicionales, y que se desarrollaba al margen de la sociedad burguesa.
Aún a pesar de todas estas transformaciones, las viejas élites dirigentes, predominantemente aristocráticas, se mantuvieron en el poder en casi toda Europa. A los artífices del nuevo desarrollo industrial les quedó vedada, hasta 1914, la entrada en las capas dirigentes políticas, muchas veces también porque preferían el poder económico al político. De este modo, y debido también a que la agricultura europea sufría cada vez más bajo la competencia superior de los productores de cereales ultramarinos, la nobleza, concentrada en la explotación de sus tierras, perdió la ocasión de conectar con el desarrollo industrial. Por ello, la nobleza hizo lo posible por inducir al Estado a tomar medidas proteccionistas que protegieran la agricultura nacional. En tales circunstancias, la aristocracia era absolutamente incapaz de mantenerse exclusivamente de los ingresos que les proporcionaban sus tierras, por lo que comenzó a entrar a servir en el aparato estatal de la administración y el gobierno. En Rusia, por ejemplo, los altos puestos administrativos eran privilegio de la aristocracia.

A esto se añade que en toda Europa las fuerzas armadas ofrecían un refugio a las clases conservadoras; en ellas se podían cultivar las propias tradiciones aristocráticas sin intervención de la opinión pública. En todos los países europeos servir algunos años como oficial en un regimiento de prestigio formaba parte de la carrera de un aristócrata antes de ponerse al frente de las posesiones familiares o iniciar la carrera de funcionario. Sin embargo, la I Guerra Mundial requería una alta cantidad de oficiales capacitados para la dirección de los modernos ejércitos de masas y para el uso de la creciente tecnificación de la estrategia militar, lo que resultó desfavorable a la aristocracia, ya que hubo que recurrir a oficiales burgueses. Se puede decir que, en general, el desarrollo industrial amenazaba en toda Europa la posición de predominio económico y social de las élites dirigentes tradicionales.
Bajo los efectos de la segunda oleada de la industrialización, la burguesía se desintegró en una serie de grupos con intereses e ideas políticas muy diferentes. A grandes rasgos, podemos identificar tres grupos: a) la nueva aristocracia industrial, decidida a aliarse con las élites conservadoras dominantes frente a las reivindicaciones obreras; b) los funcionarios, los altos empleados cada vez más numerosos y los miembros de las profesiones libres, grupo favorable a la autoridad establecida y uno de los pilares principales del nacionalismo; c) la llamada “clase media”, especialmente los pequeños comerciantes y los artesanos, a la que se unía el ejército de pequeños funcionarios y empleados. Este último grupo era todo menos homogéneo, en contra de la previsión de Marx, y exigía al Estado una protección especial para hacer frente a la competencia del gran capital (e.g. en forma de impuestos especiales a los grandes almacenes). Una gran parte de las empresas artesanales tradicionales sólo se mantuvo gracias a un radical cambio den su producción, otras desaparecieron por completo. Todos estos grupos de la clase media se encontraban en un estado de inquietud constante, muy propicio para la agitación anticapitalista y también antisemita. Tampoco acertó Marx al prever que el número de capitalistas se reduciría: en realidad los capitalistas eran cada vez más en número, y a su lado había surgido una capa de managers y directivos que iba desbancando a los empresarios de viejo cuño en la dirección de las empresas. Las clases medias, a pesar de representar en números absolutos una minoría frente a la clase obrera, ofrecían más rápidamente que ésta.
La nueva estructuración de clases, que comenzaba a cristalizar bajo la influencia de la industrialización, se vio condicionada en los países de Europa oriental y del sur por la pervivencia de antiguas estructuras sociales agrarias. En los Balcanes, Italia y Península Ibérica existía una economía de latifundio más o menos feudal, frente a un proletariado rural en condiciones de vida pobrísimas. Los grupos burgueses jugaban un papel muy secundario en la vida social. Además, desde los años 70, también la burguesía europea se vio enfrentada a los obreros industriales, aún desorganizados. Gracias a la gran afluencia de población rural, pero también a la explosión demográfica, las masas obreras de los centros industriales crecieron con enorme rapidez. En general, encontraban trabajo, aunque en los primeros tiempos en condiciones difícilmente soportables. La reivindicación de la jornada de ocho horas lanzada por la Segunda Internacional Socialista en su congreso fundacional de París en 1889, equivalía a una declaración de guerra a los empresarios y a la sociedad de clases burguesa. Sin embargo, lo más catastrófico eran las miserables condiciones de vida en los barrios obreros de las nuevas sociedades industriales, que crecían sin planificación alguna. Las organizaciones sindicales obreras, hacia 1890, se hallaban en sus comienzos, y en Rusia las asociaciones de trabajadores estaban aún prohibidas. De modo que, en su desesperación y su profunda hostilidad contra los patronos, policía y autoridades, los obreros, sometidos a un sistema de sanciones y reducciones de salarios, sólo podían recurrir a la organización clandestina dentro de las mismas fábricas.
Los empresarios estaban de acuerdo sobre el objetivo que había que perseguir: impedir por todos los medios el acceso de los sindicatos al poder y anular su influencia sobre los obreros. En Inglaterra se formaron equipos anti-huelgas, y en Alemania los llamados “sindicatos amarillos”, financiados por los patronos, servían a fines parecidos. Los empresarios crearon también asociaciones de patronos, cada vez más grandes, para responder a la táctica seguida por los sindicatos y agotar sus reservas. La posición de los obreros organizados sindicalmente era todo menos buena alrededor de 1900, y los grupos radicales entre los trabajadores registraron numerosa afluencia.

Así, la inestabilidad de los sistemas políticos, de paso a formas de gobierno más democráticas, aumentaba con las fortísimas tensiones del cuerpo social. Todos los grupos de la sociedad defendían tozudamente sus propiedades con todos los medios adecuados, demasiado a menudo también inadecuados. Los obreros creían casi exclusivamente en la huelga general como solución y esperaban todo de una revolución violenta. Sin embargo, poco a poco fue imponiéndose en Europa central y occidental la idea de que la emancipación de los obreros podía llevarse a cabo en un proceso paulatino y por etapas.
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El “delirio” del imperialismo: 1885-1906

Hacia el fin de los años ochenta del siglo XIX, la fiebre del imperialismo se adueña de los gabinetes europeos progresivamente y sin que se den apenas cuenta los propios diplomáticos, pasando los grandes problemas tradicionales de la política europea a un segundo plano, sin haber sido resueltos. Algunos Estados europeos, como Inglaterra y Francia, ya hacía tiempo que llevaban a cabo una política de expansión colonial. Hacia 1885 este proceso de expansión de la civilización europea por todo el globo sufre una violenta aceleración; en pocos años se convirtió en una auténtica carrera de las potencias europeas tras los territorios de ultramar aún “libres”, a la que se sumaron también Japón y los Estados Unidos. Al mismo tiempo se transformaba el carácter de la dominación colonial europea; de la noche a la mañana se convertía el colonialismo en imperialismo: las potencias europeas empezaron a perseguir sistemáticamente la adquisición de nuevos territorios coloniales y a respaldar con capital propio la conquista y penetración económica de los países subdesarrollados.
Al mismo tiempo, la creciente rivalidad entre las grandes potencias supuso el abandono de las formas tradicionales de dominación más o menos extensiva de los territorios coloniales, a partir de algunos puntos de la costa. Se desencadenó entonces una lucha encarnizada por la conquista del continente interior unida al afán de delimitar claramente las fronteras de los distintos territorios: la firma de tratados de protección con los jefes de numerosas tribus indígenas ya no bastaba ahora para fundar o ampliar imperios coloniales; a partir de ahora eran necesarias duras negociaciones con las respectivas potencias rivales para legitimar las propias pretensiones sobre territorios que aún estaban sin explorar. A medida que iba disminuyendo el número de territorios “libres” de la tierra se hacían más violentos los conflictos por estas cuestiones, llevando en varias ocasiones a Europa al borde de una guerra general.
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Europa y los nacionalismos militantes: 1906-1914

En toda Europa se enfrían, a partir de 1906, las pasiones imperialistas. Si hasta entonces los pueblos habían seguido con febril excitación las grandes pruebas de fuerza por la conquista de territorios de ultramar, ahora los problemas de política interna vuelven a acaparar el máximo interés. El gobierno inglés estaba interesado en disminuir los graves gastos militares, consecuencia de dos decenios de política exterior ambiciosa, y en reducir en lo posible los compromisos internacionales de Inglaterra. Esta situación era análoga en Francia, Alemania, e incluso Rusia. Sin embargo, en estos últimos años antes de la guerra, Europa vive una época de paz no exenta de tensiones; es el período que los historiadores han bautizado de la “paz armada”. Bismarck había demostrado su gigantesca talla diplomática al conseguir formar un bloque en torno a Alemania, la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia), e impedir la formación de un bloque de adversarios. Así pues, no comenzaba para Europa un período tranquilo: al crecer las fuerzas democráticas se liberaron en mayor medida energías nacionalistas que introdujeron en las relaciones internacionales de las potencias un nuevo factor de extrema agresividad.
Este nuevo elemento se puso de manifiesto en la evolución de la rivalidad naval entre Alemania e Inglaterra: el programa alemán de construcción de nuevos buques de guerra de dimensiones y potencia bélica hasta entonces desconocidas, empezó a representar una sería amenaza para el dominio inglés de los mares en 1906, con lo cual se inició una carrera por el armamento naval entre las dos potencias. Inglaterra intentó, a su vez, renovar la flota para no perder su hegemonía sobre los mares, a pesar de que Guillermo II afirmaba que la flota alemana no estaba dirigida contra Inglaterra, lo cual, subjetivamente, correspondía a la verdad; para el Kaiser, ésta constituía un soberbio juguete, símbolo de prestigio mundial. De esta manera, la relación entre ambos países se fue enfriando. No obstante, otros problemas más urgentes desviaron la atención de estos temas: la primera y segunda crisis marroquí, la crisis de bosnia, y las guerras balcánicas.
La penetración de Francia en Marruecos se efectuó a la manera clásica: ofrecimiento al sultán de ayuda técnica y asistencia militar. Inglaterra por razones estratégicas, y España por poseer intereses en la zona, miraban con recelo las iniciativas francesas. En 1905, en la visita de Guillermo II a Tánger, el emperador se erige en protector de la independencia de Marruecos, lo que provoca una gran crisis internacional. El canciller alemán Von Bülow, al internacionalizar el problema marroquí, esperaba obtener ventajas o, en el peor de los casos, un medio de presión para frenar a Francia en otros lugares. En la conferencia de Algeciras en 1906 se acuerda mantener la independencia de Marruecos, pero también el protectorado francés en la zona, postura que apoyaron Inglaterra, Rusia e Italia. Las repercusiones internacionales de este conflicto fueron grandes: la temida posibilidad de una agresiva política exterior por parte de Alemania, y con ello el estallido de la guerra, provoca que en 1907 se firme la Triple Entente (Gran Bretaña, Francia y Rusia), el bloque mundial más poderoso, ya que suponía la suma de tres imperios gigantescos.
En 1911 estalla la segunda crisis marroquí. Alemania acusa a Francia de sobrepasar en su acción los límites que le fijaba el Acta de Algeciras y de no respetar el principio de “puerta abierta” para todos en las actividades económicas. La violación de este acuerdo ofrece al Reich alemán un pretexto para volver a plantear la cuestión marroquí, y envía un buque de guerra germano al puerto de Agadir, seguido de la exigencia de una compensación: el Congo francés. Finalmente, se acepta la cesión de una parte de la zona francesa del Congo, a cambio de una total libertad para Francia en Marruecos. El acuerdo exacerba el nacionalismo en Francia y en Alemania, donde se estima que la compensación ha sido insuficiente.

Por otro lado, para Austria, potencia sin colonias y sin salida marítima, era vital la penetración económica en los Balcanes. Austria cifraba sus metas en la participación en el comercio de los estados del sur, concretamente en la venta de sus excedentes agrícolas. Durante algunos años Austria y Rusia se entienden y los zares acceden a mantener el imperio turco, mientras Alemania organiza el ejército turco e incrementa su penetración financiera. Pero la rivalidad serbio-austríaca volvió a envenenar la situación internacional. Los monarcas serbios de finales de siglo habían mantenido una política de amistad y cierta subordinación a Austria. Sin embargo, en 1903, un golpe de Estado y el asesinato de los monarcas se resuelve en el acceso al trono de los radicales nacionalistas, que cerraron la salida de los productos austríacos hacia el sudeste y cortaron el ferrocarril que los austríacos habían construido hasta Salónica, la principal vía de comunicación Norte-Sur a través del espacio balcánico. En esta situación, el ministro de Asuntos Exteriores austríaco, Aehrenthal, propone que la única salida para Austria es la incorporación de Bosnia-Herzegovina; la ocupación se efectúa en octubre de 1908 y se llega al borde de la guerra. Sin embargo, Alemania presiona para impedir el conflicto.
Tres años después Italia, que considera que debe comparecer en el reparto del viejo imperio otomano, reclama Libia e inicia una guerra; después de la provincia africana, extiende las operaciones militares a las islas del Egeo. Serbia, Bulgaria y Grecia forman una Liga Balcánica, y con ayuda rusa derrotan al ejército turco (Primera Guerra Balcánica). Turquía cede a Italia Libia y las islas del Dodecaneso; reconoce la independencia de Albania y queda reducida a la región de Constantinopla y los Estrechos, mientras los Estados balcánicos se reparten el resto del continente y las islas.
En 1913 estalla la guerra entre los vencedores (Segunda Guerra Balcánica). En el choque entre serbios y búlgaros los griegos apoyan a aquéllos y los tucos reemprenden el combate. Bulgaria, que fue la que inició la guerra, es la gran perdedora, y tiene que devolver Andrinópolis a los turcos, ceder el sur de la Dobrudja a Rumanía, y la mayor parte de Macedonia a serbios y griegos. El resultado es el engrandecimiento de Serbia, lo que supone un obstáculo para las comunicaciones austríacas por la ruta de Salónica. Así, el enfrentamiento entre las dos naciones parece inevitable. Italia y Austria, a pesar de estar unidas en la Triple Alianza, rivalizan para controlar Albania. Y Rusia observa con alarma la posibilidad de que Austria pueda vencer a Serbia y convertirse en la gran potencia balcánica; en esa eventualidad no dudaría en ir a la guerra, en apoyo de Serbia. Precisamente esta situación es la que provoca el conflicto en 1914.
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