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Orígenes y primeros acontecimientos de la guerra

Hitler tenía previsto completar los preparativos bélicos entre 1941 y 1942. Las debilidades y vacilaciones de las potencias occidentales animaban a Hitler a proseguir el juego iniciado con la ocupación de Renania en 1937. Dos años después, Checoslovaquia fue desmembrada y desapareció como Estado autónomo, naciendo un Estado eslovaco subordinado a Alemania. En este mismo año, 1939, Italia tomó Albania, que pasó a formar parte del imperio fascista. Por su lado, Hitler estaba preparando los planes para invadir Polonia. Francia e Inglaterra habían renovado a los polacos la garantía de que su integridad sería respetada pero, dadas las experiencias anteriores, Hitler dudaba de que cumplieran el compromiso. En cualquier caso, para evitar la guerra en dos frentes, Alemania intentó, con éxito, firmar un pacto de no agresión con la URSS en virtud de la desconfianza que las democracias occidentales inspiraban a Stalin.
Asegurado el frente oriental, las tropas alemanas entraron en Polonia el 1 de septiembre de 1939. Inglaterra y Francia respondieron dos días después con un ultimátum exigiendo la retirada inmediata. Era la guerra. La rapidez con que el ejército alemán sometió a Polonia, la solicitud italiana de permanecer por el momento fuera del conflicto, y el estancamiento de las operaciones militares en el frente francés, podían alimentar la ilusión de que, resuelta en pocas semanas por la fuerza la cuestión polaca, se podría evitar el encuentro decisivo entre las grandes potencias.
Las intenciones inmediatas y la finalidad estratégica de la guerra parecían confusas. En la campaña polaca el ejército alemán mostró todo su poderío y originalidad para emplear las unidades blindadas y motorizadas en estrecha colaboración con las fuerzas aéreas. La “guerra relámpago” revolucionó todos los esquemas de la guerra anteriores apoyándose en rápidos ataques y maniobras envolventes.
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Síntesis de la evolución del conflicto

En abril de 1940, mediante operaciones combinadas aéreas, navales y lanzamiento de paracaidistas, Alemania ocupó Dinamarca, y en los días siguientes cayeron también muchos puertos noruegos y la capital del país, Oslo. No obstante, la flota del Reich sufrió graves daños y, tras duros combates, finalmente los anglo-franceses ocuparon el puerto de Narvik. Sin embargo, las operaciones de Noruega habían encubierto la preparación de la ofensiva contra el frente francés, que en esos momentos alcanzaba toda su potencia. El ataque principal se inició en las Ardenas. La sorpresa estratégica fue total, puesto que el punto escogido era el menos apropiado para un ataque masivo a causa de las dificultades del terreno y la barrera del río Mosa.

Las operaciones alemanas superaron estas barreras con relativa facilidad, y rodearon a las tropas francesas e inglesas en Bélgica, que poco después se rindió. En las playas de Dunkerque fueron recogidos doscientos mil soldados ingleses y más de cien mil franceses, obligados a abandonar todo su equipo en manos enemigas. El objetivo alemán era la ocupación de París y la rendición de Francia; el primer objetivo fue conseguido 14 de junio de 1940. El mariscal Pétain asumió el mando del gobierno galo y aceptó la rendición dos semanas después. Sin embargo, el general De Gaulle, desde Londres, declaraba su propósito de continuar la guerra al lado de los ingleses hasta liberar su país. Alemania controlaba gran parte del territorio francés: la zona industrial del norte y toda la costa atlántica. Al gobierno del mariscal Pétain, con sede en Vichy, le había dejado las regiones del centro, sur y mediterráneas. El régimen de Vichy se apoyaba políticamente en métodos dictatoriales fascistas en nombre de una “revolución nacional”, y sin esperanzas de un desarrollo autónomo, estando subordinada al Reich.
Gran Bretaña había quedado sola para proseguir la guerra. La conducción del gobierno había pasado a las enérgicas manos de Churchill, que tuvo que soportar la furia aérea nazi. Alemania necesitaba ejercer un perfecto dominio aéreo primeramente para, después, intentar un desembarco en Inglaterra, objetivo que nunca fue cumplido, ya que los aviones de caza británicos siempre estuvieron presentes para rechazar la acción de la aviación alemana. Primero, los alemanes bombardearon los puertos y los barcos; luego atacaron las bases de la RAF (Royal Air Force). Sin embargo, no consiguieron ningún resultado decisivo, de modo que Alemania pasó a atacar las instalaciones militares y los centros habitados, escribiendo una de las más crueles páginas de la guerra. Londres se convirtió en el objetivo preferido: durante cincuenta y siete noches seguidas se sucedieron las alarmas y los bombardeos, con un resultado de más de 10.000 muertos y 20.000 heridos. Aun así, la heroica resistencia de Inglaterra logró rechazar la idea alemana de conseguir desembarcar con éxito en las costas inglesas.
La iniciativa italiana extendió la guerra a los Balcanes y África. Pero muy pronto quedó en evidencia la falta de preparación del país. El principal frente africano estaba en Libia, desde donde se podía amenazar peligrosamente el canal de Suez. A finales de 1940 las tropas italianas se internaron algunas decenas de kilómetros en territorio egipcio, pero los ingleses desencadenaron una contraofensiva que desembocó en la conquista de Tobruk y Bengasi. Tanto en África septentrional como en Grecia debieron intervenir los aliados alemanes para restablecer el frente y resolver situaciones peligrosas. La intervención en Grecia permitió un movimiento contraalemán en Yugoslavia; numerosos bombardeos aéreos castigaron Belgrado en respuesta, y Yugoslavia fue invadida antes de que pudiera movilizar sus tropas.
En junio de 1941, cuando Hitler lanzó sus tropas al ataque contra la Unión Soviética, en Europa continental no quedaba ningún gobierno hostil a la grande y poderosa Alemania. El combate se inició con un amplísimo despliegue de fuerzas, cogiendo al ejército ruso desprevenido y consiguiendo en los primeros meses triunfos espectaculares que dejaron fuera de combate a millones de hombres, conquistando vastos territorios. Sin embargo, no consiguieron entrar ni en Leningrado ni en Moscú. Particularmente duro y prolongado fue el asedio a Leningrado, que causó decenas de miles de muertos por hambre y frío entre la población civil. No obstante, el sexto ejército alemán completo quedó encerrado en una trampa, y los supervivientes tuvieron que rendirse. Esta fue la primera derrota alemana importante y clara, en la que el mito del ejército alemán invencible fue roto.

Entretanto, a finales de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbour involucró directamente en la guerra a Estados Unidos. De esta manera, Estados Unidos se convirtió en el arsenal del mundo en lucha contra el nacionalsocialismo alemán y el militarismo japonés. La gran recuperación industrial determinada por el esfuerzo bélico robusteció a las empresas privadas y reforzó el capitalismo norteamericano. También sorprendió la capacidad de la industria soviética para hacer frente a los requerimientos de la guerra moderna, prueba de que los planes quinquenales habían dotado al país de las estructuras esenciales para la producción masiva siderúrgica y mecánica. La movilización de la población y los recursos fue total.
En julio de 1944 la situación de Alemania era realmente desesperada debido al imponente desembarco norteamericano en las playas de Normandía, en el norte de Francia. En el frente italiano, Roma había sido liberada y los alemanes se vieron obligados a retirarse de gran parte del centro de la península. En el frente oriental, Rusia había liberado casi completamente su propio territorio y se aprestaban a invadir Rumanía y Polonia. En octubre las tropas soviéticas ya estaban en Prusia oriental: caían las mismas fronteras de Alemania. Entre el verano de 1944 y abril de 1945, cuando los rusos entraron en Berlín y Hitler se suicidó, hubo un avance ininterrumpido en todos los frentes. La rendición incondicional fue aceptada el 7 de mayo de 1945.
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Las consecuencias desiguales de la guerra

Las consecuencias de la guerra fueron muy grandes y desiguales en el plano demográfico, económico y social. Entre los caídos, Gran Bretaña registró más de medio millón de muertos; Estados Unidos, Francia e Italia registraron casi 300.000 cada una de ellas; Alemania más de cinco millones; Polonia seis millones; la Unión Soviética unos veinte millones. Entre los peores horrores de la guerra, fruto de la ideología antisemita nazi, se calculan cerca de seis millones de judíos eliminados, la mayoría en los famosos campos de concentración, tales como Dachau o Auschwitz, donde se practicaba el asesinato masivo usando cámaras de gas. La masacre de los judíos quedó como el episodio más estremecedor por la forma en que una de las naciones más civilizadas del mundo pudo combinar una organización técnica de medios de destrucción con una barbarie que Europa jamás había visto en una escala tan masiva.
Es importante subrayar el abismo que separa el sacrificio de vidas humanas de la URSS y de Estados Unidos para la comprensión de los respectivos comportamientos políticos en la inmediata posguerra. La URSS salió del conflicto, por un lado, con un notable poderío militar (con mucha ventaja el ejército europeo más fuerte) y, por otro, con heridas que cicatrizarían en el curso de diez largos años. La Unión Soviética padeció enormes destrozos materiales que inutilizaron cerca del 40 por ciento del potencial productivo, su patrimonio agrícola quedó hecho pedazos, y millares de personas murieron de hambre entre 1946 y 1947. Estados Unidos, sin embargo, terminó la guerra con un número muy limitado de pérdidas y, obviamente, sólo militares. Al contrario de la soviética, su situación económica era floreciente: la producción y los salarios se habían duplicado desde 1939, la renta nacional crecio un 75 por ciento, y el desempleo desaparecido. Estados Unidos controlaba sectores productivos estratégicos, contribuyendo en más del 50 % a la producción mundial de carbón, petróleo y energía eléctrica.
El viejo continente quedó entre las dos potencias. Por un lado, la potencia soviética, encarnada en el Ejército Rojo y en un gran Estado multinacional con un régimen comunista; por otro, la norteamericana, un coloso económico con una estrategia librecambista y democrático-parlamentaria. Como consecuencia de la geografía de los episodios bélicos ocurridos en Europa, el desastre fue mayor a medida que se avanzaba de oeste a este: Alemania, Yugoslavia y Polonia resultaron los países más castigados, pero también el norte y el centro de Italia sufrieron profundas heridas, así como Budapest. Tras la guerra, Europa quedó incapacitada para recuperar su anterior posición de dominio a escala mundial.

No obstante, las dos nuevas potencias estaban interesadas en una rápida estabilización del viejo continente: Estados Unidos, porque temían caer en una crisis masiva de superproducción al acabar la guerra, sin los potentes socios y mercados europeos; la Unión Soviética, porque no deseaba que los Estados europeos, debilitados, cayeran bajo la dependencia de los Estados Unidos en el campo económico. Por ello, los Estados Unidos trataron de ayudar a los europeos a superar sus dificultades económicas nada más finalizar la guerra mediante créditos y suministros de socorro; los dirigentes soviéticos, a través de los partidos comunistas, se esforzaron por movilizar a la población europea en favor de una renuncia al consumo y a una rápida reconstrucción. Una vez restablecidas las comunicaciones y subsanados parcialmente los problemas políticos de organización, la producción debía ponerse nuevamente en marcha con relativa rapidez. De hecho, las economías nacionales europeas experimentarían un resurgimiento general en la segunda mitad de la década de 1940. Desde el punto de vista internacional, Europa podía convertirse en factor estabilizador entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, o en objeto y víctima de su enfrentamiento.
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El comienzo de la “Guerra Fría”

Los efectos de la guerra determinaron en gran medida criterios de reequilibrio político y militar que no consiguieron establecer una especie de código operativo en Europa. La posición norteamericana se enuncia, a través de la Carta Atlántica, en la fórmula rooseveltiana de la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, refleja de una manera unilateral las condiciones y aspiraciones de Estados Unidos. Europa occidental no constituye un motivo real de preocupación para Estados Unidos, a pesar de sus condiciones sociales, por su tendencia al modelo capitalista y liberal-democrático, afín al estadounidense. Estado Unidos puede contar con una absoluta adhesión europea al modelo productivo y distributivo que lidera sin discusión en el mundo. El modelo soviético puede ejercer una influencia a veces poderosa sobre las clases obreras occidentales, pero como ideología más que como sistema alternativo. Además, los mismos partidos comunistas del oeste europeo no muestran ninguna propensión a perseguir objetivos soviéticos en sus respectivos países.

La Unión Soviética, por su lado, tiene una doble y urgente necesidad. Económicamente, debe iniciar una gigantesca reconstrucción proporcional a la amplitud de la destrucción sufrida. Por tal razón, su preocupación por el problema de las reparaciones es mucho mayor que la de Estados Unidos. Por otra parte, la Unión Soviética se excluye, antes que ser excluida, del sistema de préstamos y ayudas norteamericano. Por ello, se encuentra una vez más internacionalmente aislada y débil en el aspecto económico. Se trata de una política exterior defensiva, que impone una lógica de fuerza en las relaciones entre este y oeste. Precisamente, por estas consideraciones, los dirigentes adoptan una política militar muy activa y aparatosa, convirtiendo a la URSS en la primera potencia militar del continente. Su objetivo será la creación de un cinturón de Estados limítrofes que garantice la seguridad de sus fronteras frente a Occidente. Sus actos estarán basados en la fuerza (política imperial) y, sólo en segunda instancia, promoverán una política económica y social innovadora. La uniformidad de los sistemas políticos que se crearán en Europa oriental, gracias a la presencia militar y las presiones soviéticas, demostrará la imposibilidad e incapacidad del sistema soviético para tejer una red de alianzas fundada en el consenso social y en las identidades nacionales de los países vecinos, creando fuertes resistencias nacionalistas locales que se sumarán a la oposición de las clases perjudicadas por la política económica impuesta por los partidos comunistas.
Esta acusada diferencia de condiciones y de política entre este y oeste se origina, pues, en la contraposición de dos sistemas: la economía de mercado y el sistema colectivista soviético, un enfrentamiento que será histórico. El impedimento soviético a que el sistema financiero y productivo occidental penetre en sus fronteras contribuye a aumentar el conflicto. Es por eso que los años posteriores a la guerra se caracterizan por la incertidumbre político-diplomática entre las dos potencias.
Los acuerdos de Yalta muestran sobradamente la ambigüedad de fondo de la relación soviético-norteamericana. Los “tres grandes”, Roosevelt, Churchill y Stalin están de acuerdo en la necesidad de que se instauren gobiernos democráticos, pero no aclaran si este término se refiere a la práctica parlamentaria occidental o a los gobiernos populares. La fuerza militar de la URSS y el reconocimiento de su derecho a un escudo protector de países vecinos “amigos” contradicen la claridad formal de la exigencia de la autodeterminación y la instauración de la democracia. Este es el problema de Polonia, Rumanía, Bulgaria y Hungría, con una fuerte resistencia antisoviética. Dejando de lado el caso de Checoslovaquia, totalmente fiel a Moscú, en ninguno de estos países del este los partidos comunistas tenían fuerza ni tradición apreciables. La composición social de esos países, mayoritariamente rural, y su historia sembrada de regímenes autoritarios y de derechas, proclives a ilegalizar a la izquierda comunista, explican la debilidad de los partidos comunistas locales. Por lo tanto, no era posible practicar la democracia política en el este y, al mismo tiempo, garantizar a la URSS un cinturón de países aliados y “amigos”.
Por su parte, Estados Unidos incrementó considerablemente los gastos para la defensa, y en 1950 el gobierno americano intentó hacer de la Organización del Tratado Atlántico Norte un ejército sustancial de defensa, llevando el Tratado a Europa (ejército europeo de la OTAN). Al mismo tiempo se reorganizaron las relaciones políticas de los países del bloque oriental con Moscú; se volvió a conceder a la dirección comunista de cada país un mayor grado de autonomía en lo relativo a los métodos para asegurar el poder y a la “vía hacia el socialismo”, pero por otra parte se institucionalizó la formación del bloque mediante la creación del Pacto de Varsovia en 1955 como respuesta al Pacto Atlántico. Con ello se podía dar por concluida la formación de los bloques en Europa. La política europea de los años posteriores se movería dentro de las coordenadas así marcadas, llena de tensiones en lo particular, pero siguiendo en definitiva el modelo fundamental, que en adelante resultaría cada vez más familiar.
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