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La crisis mortal de la vieja Europa
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La I Guerra Mundial. Los Tratados De Paz Y La Sociedad De Naciones
La crisis de Julio. Estalla la guerra
El 28 de junio el archiduque Francisco Fernando y su mujer son asesinados por el estudiante bosnio Princip en Sarajevo, capital de Bosnia, en medio de un clima político ya de por sí cargado de amenazas, haciendo explotar abiertamente el contraste latente entre Austria-Hungría y Serbia. Este atentado fue el último eslabón de una cadena de acciones terroristas que querían demostrar la ilegitimidad del dominio de los Habsburgo en Bosnia y en Herzegovina. En Viena existía desde el principio la convicción de que Serbia había tenido parte en el atentado, aunque no se pudieron presentar pruebas concretas, y la prensa austríaca desencadenó una violenta tempestad de indignación por las peligrosas intrigas de los nacionalistas serbios. Así, la opinión pública exigió una solución radical a la cuestión de Serbia. Existía la convicción de que Austria-Hungría sólo podía restablecer su prestigio mediante una prueba de fuerza militar. El problema residía en las graves contramedidas que Rusia pudiera tomar, ya que no se podía descartar la eventualidad de que éstas pudiesen desencadenar un conflicto europeo general. Sin embargo, en un principio, se pensaba que Rusia se contentaría con adoptar una actitud amenazadora y que luego se calmaría.
La estrategia austro-húngara era declarar la guerra contando con el respaldo alemán; una vez conseguido, se atribuyo al Reich alemán el poder de decidir sobre la guerra o la paz, aunque la diplomacia alemana protestase contra esta lógica de los hechos. Por esta razón, Alemania se puso a favor de una guerra local entre Austria y Serbia, esperando que Rusia tomara parte y que fuese ella la que provocara la guerra europea. Así, la monarquía danubiana, confiando en el apoyo del poderoso aliado alemán, dirigió a Serbia, el 23 de julio de 1914, un ultimátum exigiendo plena satisfacción por el atentado y medidas contra el movimiento de extrema derecha en Serbia, con un plazo de cuarenta y ocho horas. Bajo presiones inglesas, y debido a la dureza del ultimátum, Alemania sugirió al gobierno austro-húngaro que iniciase inmediatamente negociaciones bilaterales con Rusia con el fin de ponerse de acuerdo sobre los límites y la finalidad de la inminente acción militar contra Serbia, renunciando a operaciones de gran envergadura. Pero Austria no estaba dispuesta a renunciar a la proyectada guerra contra Serbia, y el 29 de julio bombardean Belgrado. Rusia procede a una movilización parcial y Francia e Inglaterra advierten a Berlín que no serán neutrales. El día 30 Rusia moviliza sus tropas contra Austria-Hungría y Alemania; es ya la guerra de bloques. El 1 de agosto Guillermo II declara la guerra a Rusia y el 3 a Francia; al día siguiente las tropas alemanas invaden Bélgica, e Inglaterra entra en el conflicto declarando la guerra al Reich alemán.
La fase inicial del conflicto
En los comienzos del conflicto se enfrentaba Rusia, Francia, Inglaterra, Serbia y Bélgica con Alemania y Austria-Hungría. Italia, al no satisfacer Viena sus reivindicaciones adriáticas, se proclama neutral (aunque entrará en guerra a favor de los aliados un año más tarde). Turquía se identifica sin titubeos con Alemania, pero no se atreve a entrar en el conflicto inmediatamente. Es la primera guerra en la que participan casi simultáneamente las principales potencias del mundo, y los pueblos europeos parten a la guerra con un entusiasmo casi religioso. La lucha por la patria parecía dar a la vida de repente un contenido nuevo. Los socialistas, las clases burguesas, los sindicatos y la clase obrera se unieron a esta muestra de nacionalismo. En un primer momento la guerra trajo en todas partes una estabilización de la situación interna. Sin dudarlo, los Parlamentos aprobaron los medios financieros necesarios para la contienda, retirándose luego a un segundo plano y dejando libre el campo a los militares. La iniciativa perteneció a las potencias centrales. La Entente disponía de una enorme superioridad en población, en materias primas y en facilidades de acceso a las grandes rutas marítimas, pero los imperios centrales se habían preparado con mayor meticulosidad para la guerra. Las tropas alemanas son disciplinadas, están bien provistas de artillería pesada y de armas automáticas. El Estado mayor alemán tiene en su cartera, desde 1905, el llamado Plan Schlieffen, el cual, previendo la lentitud de la movilización rusa, dispone un ataque rápido en el Oeste para atender en una fase posterior el frente este. En un principio, el potencial militar de la Entente es más débil: el ejército ruso carece de infraestructura logística para una movilización rápida. Inglaterra no ha establecido el servicio militar obligatorio y, por tanto, no posee suficiente número de soldados; Francia, que va a sufrir el choque inicial, es una nación menos poblada, menos industrializada y con armamento menos moderno que Alemania.
La guerra obliga a los beligerantes a movilizar todas sus fuerzas económicas. En principio se había calculado una guerra corta y ningún país estaba preparado para un esfuerzo sostenido. La prolongación del conflicto obligó a los gobiernos a improvisar una organización en gran escala para la fabricación de municiones y material de guerra. Los estrategas sueñan con perturbar la estructura del adversario, preparando y asestando golpes en sus comunicaciones y en sus sistemas de producción. Así, el bloqueo de los suministros del enemigo, perjudicó de manera especial a los imperios centrales. Aunque hubo fisuras, en los años 1917 y 1918 la escasez de alimentos en Alemania llegó a ser muy grave. La réplica alemana al bloque, la guerra submarina, fue creciendo en intensidad: en 1915 Alemania sólo disponía de 30 submarinos, mientras que en 1917 tenía 154.
Siguiendo las previsiones del Plan Schlieffen, basado en el cálculo de que el ejército ruso necesitaría varias semanas para colocar en el frente toda su potencia, los alemanes atraviesan Bélgica y se lanzan sobre Francia, en dirección a París, por lo que el 2 de septiembre el gobierno francés consideró prudente abandonar la capital. En Marne, cerca de la capital francesa, los franceses contraatacan, y los alemanes corren el peligro de ser desbordados, fracasando así el Plan Schlieffen. Fracasado el avance en punta hacia París, los alemanes inician las batallas de Flandes, la carrera hacia el mar, asegurando sus comunicaciones a través de las llanuras belgas y renunciando al hundimiento de Francia. En el Este, en los últimos días de agosto y primeros de septiembre, los alemanes derrotan a los rusos en Tannenberg y en los Lagos Masurianos, pero los austríacos retroceden en Galitzia y en los Balcanes. En agosto, Japón declara la guerra a Alemania y en pocos días ocupan sus posesiones en China y el Pacífico. Turquía entra en la guerra como aliado de Alemania en noviembre, y bombardea los puertos rusos de Odessa y Sebastopol.
La guerra de posiciones 1915-1918
Con la falta de fuerza de los contendientes para romper el frente y la multiplicación de las ametralladoras, arma más propia para la defensa de posiciones que para el salto, aparece una forma de lucha nueva: la trinchera. Se excavan kilómetros de fosos, se protegen con sacos terreros, se refuerzan con casetas de cemento, y los ejércitos parecen iniciar una especie de guerra de topos. En 1915 aparecen los gases asfixiantes y los lanzallamas, y en 1916 los primeros tanques, pero ninguna de las nuevas armas va a resultar decisiva para destrozar los sistemas de trincheras. Considerando más vulnerable el frente oriental, los alemanes efectúan varías ofensivas en Lituania, Galitzia y el Vístula, que obligan a replegarse a los rusos, con la pérdida de un millón y medio de hombres; pero los imperios centrales no consiguen obligarlos a firmar una paz por separado. En el Oeste una ofensiva francesa en Champagne provoca pérdidas terribles, y Alemania se ve obligada a un período de posiciones defensivas.
En mayo de 1915, tras sopesar las ventajas territoriales que les ofrecen los aliados, Italia entra en la guerra. Bulgaria pasa a apoyar a los centrales, y Rumanía a las potencias de la Entente. A finales de 1915 parece imposible romper los frentes. Así, se intenta efectuar una guerra de desgaste sobre Verdún, piedra angular del sistema fortificado francés, a base de asaltos incesantes. Sin embargo, los franceses resisten con tenacidad, y los muertos en ambos bandos son numerosos; finalmente, los alemanes son obligados a retirarse de Verdún, y su plan de penetración fracasa.
La crisis de 1917, y la caída de los imperios centrales en 1918
El año 1917 se caracteriza por tres acontecimientos: la intervención de los Estados Unidos en el conflicto, la retirada de Rusia después de la revolución, y una crisis profunda, de cansancio, que afecta a todos los países. En enero el presidente Wilson rompe sus relaciones diplomáticas con Alemania, y Estados Unidos declara la guerra. Este cambio de actitud fue provocado por el bloqueo alemán a las costas inglesas y francesas, amenazando con hundir a los neutrales que transportaban mercancías con este destino. El comercio de los Estados Unidos con Inglaterra y Francia era muy intenso: la guerra submarina suponía una amenaza para muchas empresas de exportación norteamericanas. La intervención de los Estados Unidos supuso el fin de la angustia financiera inglesa y francesa, un bloqueo más eficaz contra Alemania, el apoyo de los Estados de la América Latina, y un aumento de reservas demográficas e industriales.
En Rusia, los sufrimientos de la guerra contribuyeron a la caída del régimen zarista, y los rusos se retiran. Los alemanes, sin embargo, no muy confiados, mantuvieron aún un millón de hombres en el frente oriental. La desaparición del frente del Este permite a Alemania disponer de más efectivos e iniciar una gran ofensiva en el Oeste. Es entonces cuando Alemania se da cuenta de la debilidad de sus líneas: el nuevo material de guerra norteamericano había producido ya la inferioridad germana, y su hundimiento es muy rápido. El 11 de noviembre de 1918 se firma el armisticio; dos días antes ha huido Guillermo II y se proclama la República en Berlín.
La guerra mundial no fue en absoluto el resultado directo de la voluntad de Alemania de incorporarse a la política mundial, o de la lucha competitiva entre los diversos imperialismos europeos; la guerra fue desencadenada más bien por un conflicto que hacía tiempo que estaba latente en el interior del sistema tradicional de las potencias europeas, aunque bien es verdad que los contrastes en el campo de la política mundial contribuyeron a agudizar la situación. Una vez desencadenada la guerra, las energías nacionalistas e imperialistas de los pueblos se abrieron paso en una explosión incontrolada, una lucha sin cuartel cuyo único fin legítimo era la destrucción del enemigo. Al final de la I Guerra Mundial, la vieja Europa de las cinco grandes potencias se había transformado tanto que resultaba irreconocible. Europa tuvo que ceder su función hegemónica en el mundo a los dos grandes bloques opuestos, los Estados Unidos y la Unión Soviética, esta última impotente en aquel momento, pero no por mucho tiempo.
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El 28 de junio el archiduque Francisco Fernando y su mujer son asesinados por el estudiante bosnio Princip en Sarajevo, capital de Bosnia, en medio de un clima político ya de por sí cargado de amenazas, haciendo explotar abiertamente el contraste latente entre Austria-Hungría y Serbia. Este atentado fue el último eslabón de una cadena de acciones terroristas que querían demostrar la ilegitimidad del dominio de los Habsburgo en Bosnia y en Herzegovina. En Viena existía desde el principio la convicción de que Serbia había tenido parte en el atentado, aunque no se pudieron presentar pruebas concretas, y la prensa austríaca desencadenó una violenta tempestad de indignación por las peligrosas intrigas de los nacionalistas serbios. Así, la opinión pública exigió una solución radical a la cuestión de Serbia. Existía la convicción de que Austria-Hungría sólo podía restablecer su prestigio mediante una prueba de fuerza militar. El problema residía en las graves contramedidas que Rusia pudiera tomar, ya que no se podía descartar la eventualidad de que éstas pudiesen desencadenar un conflicto europeo general. Sin embargo, en un principio, se pensaba que Rusia se contentaría con adoptar una actitud amenazadora y que luego se calmaría.
La estrategia austro-húngara era declarar la guerra contando con el respaldo alemán; una vez conseguido, se atribuyo al Reich alemán el poder de decidir sobre la guerra o la paz, aunque la diplomacia alemana protestase contra esta lógica de los hechos. Por esta razón, Alemania se puso a favor de una guerra local entre Austria y Serbia, esperando que Rusia tomara parte y que fuese ella la que provocara la guerra europea. Así, la monarquía danubiana, confiando en el apoyo del poderoso aliado alemán, dirigió a Serbia, el 23 de julio de 1914, un ultimátum exigiendo plena satisfacción por el atentado y medidas contra el movimiento de extrema derecha en Serbia, con un plazo de cuarenta y ocho horas. Bajo presiones inglesas, y debido a la dureza del ultimátum, Alemania sugirió al gobierno austro-húngaro que iniciase inmediatamente negociaciones bilaterales con Rusia con el fin de ponerse de acuerdo sobre los límites y la finalidad de la inminente acción militar contra Serbia, renunciando a operaciones de gran envergadura. Pero Austria no estaba dispuesta a renunciar a la proyectada guerra contra Serbia, y el 29 de julio bombardean Belgrado. Rusia procede a una movilización parcial y Francia e Inglaterra advierten a Berlín que no serán neutrales. El día 30 Rusia moviliza sus tropas contra Austria-Hungría y Alemania; es ya la guerra de bloques. El 1 de agosto Guillermo II declara la guerra a Rusia y el 3 a Francia; al día siguiente las tropas alemanas invaden Bélgica, e Inglaterra entra en el conflicto declarando la guerra al Reich alemán.
La fase inicial del conflicto
En los comienzos del conflicto se enfrentaba Rusia, Francia, Inglaterra, Serbia y Bélgica con Alemania y Austria-Hungría. Italia, al no satisfacer Viena sus reivindicaciones adriáticas, se proclama neutral (aunque entrará en guerra a favor de los aliados un año más tarde). Turquía se identifica sin titubeos con Alemania, pero no se atreve a entrar en el conflicto inmediatamente. Es la primera guerra en la que participan casi simultáneamente las principales potencias del mundo, y los pueblos europeos parten a la guerra con un entusiasmo casi religioso. La lucha por la patria parecía dar a la vida de repente un contenido nuevo. Los socialistas, las clases burguesas, los sindicatos y la clase obrera se unieron a esta muestra de nacionalismo. En un primer momento la guerra trajo en todas partes una estabilización de la situación interna. Sin dudarlo, los Parlamentos aprobaron los medios financieros necesarios para la contienda, retirándose luego a un segundo plano y dejando libre el campo a los militares. La iniciativa perteneció a las potencias centrales. La Entente disponía de una enorme superioridad en población, en materias primas y en facilidades de acceso a las grandes rutas marítimas, pero los imperios centrales se habían preparado con mayor meticulosidad para la guerra. Las tropas alemanas son disciplinadas, están bien provistas de artillería pesada y de armas automáticas. El Estado mayor alemán tiene en su cartera, desde 1905, el llamado Plan Schlieffen, el cual, previendo la lentitud de la movilización rusa, dispone un ataque rápido en el Oeste para atender en una fase posterior el frente este. En un principio, el potencial militar de la Entente es más débil: el ejército ruso carece de infraestructura logística para una movilización rápida. Inglaterra no ha establecido el servicio militar obligatorio y, por tanto, no posee suficiente número de soldados; Francia, que va a sufrir el choque inicial, es una nación menos poblada, menos industrializada y con armamento menos moderno que Alemania.
La guerra obliga a los beligerantes a movilizar todas sus fuerzas económicas. En principio se había calculado una guerra corta y ningún país estaba preparado para un esfuerzo sostenido. La prolongación del conflicto obligó a los gobiernos a improvisar una organización en gran escala para la fabricación de municiones y material de guerra. Los estrategas sueñan con perturbar la estructura del adversario, preparando y asestando golpes en sus comunicaciones y en sus sistemas de producción. Así, el bloqueo de los suministros del enemigo, perjudicó de manera especial a los imperios centrales. Aunque hubo fisuras, en los años 1917 y 1918 la escasez de alimentos en Alemania llegó a ser muy grave. La réplica alemana al bloque, la guerra submarina, fue creciendo en intensidad: en 1915 Alemania sólo disponía de 30 submarinos, mientras que en 1917 tenía 154.
Siguiendo las previsiones del Plan Schlieffen, basado en el cálculo de que el ejército ruso necesitaría varias semanas para colocar en el frente toda su potencia, los alemanes atraviesan Bélgica y se lanzan sobre Francia, en dirección a París, por lo que el 2 de septiembre el gobierno francés consideró prudente abandonar la capital. En Marne, cerca de la capital francesa, los franceses contraatacan, y los alemanes corren el peligro de ser desbordados, fracasando así el Plan Schlieffen. Fracasado el avance en punta hacia París, los alemanes inician las batallas de Flandes, la carrera hacia el mar, asegurando sus comunicaciones a través de las llanuras belgas y renunciando al hundimiento de Francia. En el Este, en los últimos días de agosto y primeros de septiembre, los alemanes derrotan a los rusos en Tannenberg y en los Lagos Masurianos, pero los austríacos retroceden en Galitzia y en los Balcanes. En agosto, Japón declara la guerra a Alemania y en pocos días ocupan sus posesiones en China y el Pacífico. Turquía entra en la guerra como aliado de Alemania en noviembre, y bombardea los puertos rusos de Odessa y Sebastopol.
La guerra de posiciones 1915-1918
Con la falta de fuerza de los contendientes para romper el frente y la multiplicación de las ametralladoras, arma más propia para la defensa de posiciones que para el salto, aparece una forma de lucha nueva: la trinchera. Se excavan kilómetros de fosos, se protegen con sacos terreros, se refuerzan con casetas de cemento, y los ejércitos parecen iniciar una especie de guerra de topos. En 1915 aparecen los gases asfixiantes y los lanzallamas, y en 1916 los primeros tanques, pero ninguna de las nuevas armas va a resultar decisiva para destrozar los sistemas de trincheras. Considerando más vulnerable el frente oriental, los alemanes efectúan varías ofensivas en Lituania, Galitzia y el Vístula, que obligan a replegarse a los rusos, con la pérdida de un millón y medio de hombres; pero los imperios centrales no consiguen obligarlos a firmar una paz por separado. En el Oeste una ofensiva francesa en Champagne provoca pérdidas terribles, y Alemania se ve obligada a un período de posiciones defensivas.
En mayo de 1915, tras sopesar las ventajas territoriales que les ofrecen los aliados, Italia entra en la guerra. Bulgaria pasa a apoyar a los centrales, y Rumanía a las potencias de la Entente. A finales de 1915 parece imposible romper los frentes. Así, se intenta efectuar una guerra de desgaste sobre Verdún, piedra angular del sistema fortificado francés, a base de asaltos incesantes. Sin embargo, los franceses resisten con tenacidad, y los muertos en ambos bandos son numerosos; finalmente, los alemanes son obligados a retirarse de Verdún, y su plan de penetración fracasa.
La crisis de 1917, y la caída de los imperios centrales en 1918
El año 1917 se caracteriza por tres acontecimientos: la intervención de los Estados Unidos en el conflicto, la retirada de Rusia después de la revolución, y una crisis profunda, de cansancio, que afecta a todos los países. En enero el presidente Wilson rompe sus relaciones diplomáticas con Alemania, y Estados Unidos declara la guerra. Este cambio de actitud fue provocado por el bloqueo alemán a las costas inglesas y francesas, amenazando con hundir a los neutrales que transportaban mercancías con este destino. El comercio de los Estados Unidos con Inglaterra y Francia era muy intenso: la guerra submarina suponía una amenaza para muchas empresas de exportación norteamericanas. La intervención de los Estados Unidos supuso el fin de la angustia financiera inglesa y francesa, un bloqueo más eficaz contra Alemania, el apoyo de los Estados de la América Latina, y un aumento de reservas demográficas e industriales.
En Rusia, los sufrimientos de la guerra contribuyeron a la caída del régimen zarista, y los rusos se retiran. Los alemanes, sin embargo, no muy confiados, mantuvieron aún un millón de hombres en el frente oriental. La desaparición del frente del Este permite a Alemania disponer de más efectivos e iniciar una gran ofensiva en el Oeste. Es entonces cuando Alemania se da cuenta de la debilidad de sus líneas: el nuevo material de guerra norteamericano había producido ya la inferioridad germana, y su hundimiento es muy rápido. El 11 de noviembre de 1918 se firma el armisticio; dos días antes ha huido Guillermo II y se proclama la República en Berlín.
La guerra mundial no fue en absoluto el resultado directo de la voluntad de Alemania de incorporarse a la política mundial, o de la lucha competitiva entre los diversos imperialismos europeos; la guerra fue desencadenada más bien por un conflicto que hacía tiempo que estaba latente en el interior del sistema tradicional de las potencias europeas, aunque bien es verdad que los contrastes en el campo de la política mundial contribuyeron a agudizar la situación. Una vez desencadenada la guerra, las energías nacionalistas e imperialistas de los pueblos se abrieron paso en una explosión incontrolada, una lucha sin cuartel cuyo único fin legítimo era la destrucción del enemigo. Al final de la I Guerra Mundial, la vieja Europa de las cinco grandes potencias se había transformado tanto que resultaba irreconocible. Europa tuvo que ceder su función hegemónica en el mundo a los dos grandes bloques opuestos, los Estados Unidos y la Unión Soviética, esta última impotente en aquel momento, pero no por mucho tiempo.
Los tratados de Versalles
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La I Guerra Mundial. Los Tratados De Paz Y La Sociedad De Naciones
La paz con Alemania
Los ciudadanos y los políticos de los principales países que lucharon en la I Guerra Mundial, excepto los italianos y los japoneses, creían firmemente que estaban comprometidos en una lucha defensiva. El gobierno austrohúngaro lanzó su ataque en 1914 para salvar a la monarquía de las secretas maquinaciones de Serbia; Rusia se consideraba obligada a resistir el avance alemán que se extendía en el sudeste de Europa y los Estrechos; Alemania intentaba, antes de que fuera demasiado tarde, evitar los peligros de verse cercada, así como defenderse de un complot eslavo que proyectaba la destrucción de su aliado, complot fraguado en San Petersburgo con el apoyo de Francia y la connivencia de Inglaterra. Francia se vio invadida, en Inglaterra consideraba que el equilibrio europeo estaba amenazado por Alemania; los Estados Unidos entraron en guerra para defender el derecho internacional y la moralidad pública. Sólo Italia y Japón hicieron la guerra alentadas por ambiciones territoriales. En una palabra, todas las grandes potencias estaban convencidas de que el culpable de la guerra era el otro.
La paz de París estaba formada por el tratado de Versalles con Alemania, el de St. Germain con Austria, el de Trianón con Hungría, el de Neuilly con Bulgaria, y el de Sèvres con Turquía. En el bando aliado, al finalizar la guerra, se hallaba firmemente arraigada la convicción de que Alemania era la culpable de todo. Para Francia, Inglaterra y América, Alemania había sido el principal y más formidable enemigo, y se concluyó, sin más, que la contribución de Austria-Hungría al estallido de la guerra había sido tan escasa como su participación a lo largo de la misma. Por consiguiente, en el tratado de Versalles, los aliados consideraron a Alemania como la responsable de las consecuencias de la guerra y que, por tanto, estaba obligada a ofrecer una reparación económica a estos países. Para los que redactaron el tratado, se trataba de algo razonable; para los alemanes suponía una flagrante tergiversación de la verdad. Así, para los alemanes, la justicia implicaba diferentes contenidos que para los aliados. Esto es importante, ya que, antes de que se firmara el armisticio en noviembre de 1918, al gobierno alemán le fue hecha la promesa de que la paz sería justa; éste fue el mensaje del presidente de los Estados Unidos. Woodrow Wilson, que se erigió en árbitro entre los dos campos al ser el primero en recibir la oferta de armisticio. Con anterioridad, Wilson había realizado públicamente un programa de paz preciso que se conocería como “los catorce puntos del presidente Wilson”.
Estas resonantes declaraciones contenían un fastuoso plan que configuraría la posguerra garantizando una paz perpetua. Los discursos de Wilson dejaban bien sentado que la paz sólo podría estar basada en la justicia, y la justicia internacional significaba esencialmente el ejercicio del derecho de autodeterminación por parte de todos los pueblos, lo que equivale a decir que las fronteras deberían ser trazadas de acuerdo con los deseos de las poblaciones afectadas. Entonces los pueblos del mundo cesarían de ambicionar el cambio de fronteras, y la principal causa de la guerra desaparecería. Las formas democráticas de gobierno asegurarían una política exterior pacífica, por medio de una diplomacia abierta. En caso de surgir roces, las restantes naciones del mundo, alistadas en la Sociedad de Naciones, harían que se impartiera justicia. Sin un Estado cayera en manos de diplomáticos del viejo estilo o militares irresponsables y llegara a mostrarse agresivo, los otros Estados del mundo ejercerían presiones bajo la dirección de la Sociedad de Naciones. La presión económica o incluso moral sería suficiente; si no fuera así, los miembros de la Sociedad quedarían autorizados para usar la fuerza armada.
En abril de 1918 se prometió justicia para Alemania, pero ¿qué era lo justo para Alemania? Para los alemanes, cualquier clase de mengua de un tratamiento igualitario sería una injusticia; para los que hicieron la paz, la justicia para Alemania no significaba un tratamiento igual para ésta, ya que un criminal debe ser tratado de manera diferente a sus víctimas. La paz de París se componía de cuatro tratados, con Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria, y Turquía. El tratado de Alemania, el tratado de Versalles, fue el más importante.
La mayor parte de los franceses deseaban debilitar a Alemania, desarmarla, privarla de su integridad territorial, ocuparla militarmente, quitarle su dinero y rodearla de poderosos enemigos: el gobierno francés deseaba una paz que aplastara a Alemania. Poncairé, Foch y la derecha francesa opinaban que Alemania debía ser debilitada y mantenida en este estado prescindiendo de la opinión anglosajona; Clemenceau, jefe de la delegación francesa en la Conferencia de Paz, y la izquierda preferían mantener un entendimiento con Inglaterra y América, y estaban dispuestos a un compromiso en su política con respecto a Alemania. La Alemania de entreguerras tuvo mucho que agradecer a la voluntad de Clemenceau de llegar a un compromiso. Lloyd George, el primer ministro británico, quería convertir a Alemania en un país pacífico, llevar la prosperidad a este país y, consiguientemente, a Europa, y evitar el deslizamiento de Alemania al bolchevismo. Fue Lloyd George, y no Wilson, quien luchó más ardientemente por los intereses alemanes en Versalles. El tratado de Versalles fue la obra personal de estos tres hombres, Clemenceau, Lloyd George y Wilson. Las principales cuestiones que el tratado de Versalles intentaba resolver eran las reparaciones, las fronteras de Alemania, el desarme alemán y la suerte de las colonias alemanas.
La paz con Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía
El hecho más importante del acuerdo austrohúngaro era que Austria-Hungría dejaba de existir. Ya antes de la Conferencia de Paz, la monarquía de los Habsburgo se había disgregado, surgiendo nuevas entidades como Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. Estos Estados hacían reclamaciones, con frecuencia incompatibles entre sí, sobre determinadas partes de los territorios de la caduca monarquía; al mismo tiempo, Polonia, Italia y Rumanía hacían valer sus propias peticiones. La monarquía de los Habsburgo había parecido útil a cada una de las nacionalidades existentes dentro de sus fronteras como medio de refrenar a las restantes; ahora el mediador entre las naciones no sería el rey y emperador, sino la Conferencia de Paz. Las decisiones tomadas en la Conferencia estaban dirigidas a respaldar las aspiraciones nacionales Checoslovacas y Yugoslavas. Las poblaciones de lengua alemana, de la parte austríaca fueron anexionadas a Italia y a Checoslovaquia; la nueva frontera con Yugoslavia también se vio favorecida al ser trazada de acuerdo con límites étnicos. A esta reducida Austria le fue impuesta la independencia e, incapaz de sobrevivir económicamente por sí misma, fue condenada desde entonces a una dura lucha contra el hambre y el desempleo.
Hungría también quedó reducida tras satisfacer las demandas de Checoslovaquia, Rumanía y Yugoslavia. Checoslovaquia obtuvo Rutenia, y escamoteó a Hungría casi un millón de magiares, un cuarto de millón de alemanes, y algo menos de dos millones de eslovacos. Transilvania fue cedida de Rumanía; grandes zonas de Croacia y Eslovenia que pertenecían a Hungría fueron cedidas a Yugoslavia. Por otro lado, Polonia se constituyó como un Estado independientes. El tratado húngaro, lo mismo que el alemán, creó resentimiento en el país vencido.
El tratado de Neuilly con Bulgaria era menos drástico que los demás tratados europeos; cedía a Yugoslavia dos pequeñas zonas del este de Bulgaria por razones estratégicas, y transfería la Tracia occidental de Bulgaria a Grecia, separando así Bulgaria del mar Egeo. En cuanto a Turquía, ésta fue negociada, no impuesta, ya que los aliados no eran lo suficientemente fuertes como para imponer la paz por la fuerza: la separación de todas las zonas asiáticas del Imperio otomano, excepto Anatolia, fue impuesta sin dificultad. El acuerdo sobre el Oriente Medio de los años de la posguerra elevó a la cumbre el poder de Francia e Inglaterra en dicha zona.
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Los ciudadanos y los políticos de los principales países que lucharon en la I Guerra Mundial, excepto los italianos y los japoneses, creían firmemente que estaban comprometidos en una lucha defensiva. El gobierno austrohúngaro lanzó su ataque en 1914 para salvar a la monarquía de las secretas maquinaciones de Serbia; Rusia se consideraba obligada a resistir el avance alemán que se extendía en el sudeste de Europa y los Estrechos; Alemania intentaba, antes de que fuera demasiado tarde, evitar los peligros de verse cercada, así como defenderse de un complot eslavo que proyectaba la destrucción de su aliado, complot fraguado en San Petersburgo con el apoyo de Francia y la connivencia de Inglaterra. Francia se vio invadida, en Inglaterra consideraba que el equilibrio europeo estaba amenazado por Alemania; los Estados Unidos entraron en guerra para defender el derecho internacional y la moralidad pública. Sólo Italia y Japón hicieron la guerra alentadas por ambiciones territoriales. En una palabra, todas las grandes potencias estaban convencidas de que el culpable de la guerra era el otro.
La paz de París estaba formada por el tratado de Versalles con Alemania, el de St. Germain con Austria, el de Trianón con Hungría, el de Neuilly con Bulgaria, y el de Sèvres con Turquía. En el bando aliado, al finalizar la guerra, se hallaba firmemente arraigada la convicción de que Alemania era la culpable de todo. Para Francia, Inglaterra y América, Alemania había sido el principal y más formidable enemigo, y se concluyó, sin más, que la contribución de Austria-Hungría al estallido de la guerra había sido tan escasa como su participación a lo largo de la misma. Por consiguiente, en el tratado de Versalles, los aliados consideraron a Alemania como la responsable de las consecuencias de la guerra y que, por tanto, estaba obligada a ofrecer una reparación económica a estos países. Para los que redactaron el tratado, se trataba de algo razonable; para los alemanes suponía una flagrante tergiversación de la verdad. Así, para los alemanes, la justicia implicaba diferentes contenidos que para los aliados. Esto es importante, ya que, antes de que se firmara el armisticio en noviembre de 1918, al gobierno alemán le fue hecha la promesa de que la paz sería justa; éste fue el mensaje del presidente de los Estados Unidos. Woodrow Wilson, que se erigió en árbitro entre los dos campos al ser el primero en recibir la oferta de armisticio. Con anterioridad, Wilson había realizado públicamente un programa de paz preciso que se conocería como “los catorce puntos del presidente Wilson”.
Estas resonantes declaraciones contenían un fastuoso plan que configuraría la posguerra garantizando una paz perpetua. Los discursos de Wilson dejaban bien sentado que la paz sólo podría estar basada en la justicia, y la justicia internacional significaba esencialmente el ejercicio del derecho de autodeterminación por parte de todos los pueblos, lo que equivale a decir que las fronteras deberían ser trazadas de acuerdo con los deseos de las poblaciones afectadas. Entonces los pueblos del mundo cesarían de ambicionar el cambio de fronteras, y la principal causa de la guerra desaparecería. Las formas democráticas de gobierno asegurarían una política exterior pacífica, por medio de una diplomacia abierta. En caso de surgir roces, las restantes naciones del mundo, alistadas en la Sociedad de Naciones, harían que se impartiera justicia. Sin un Estado cayera en manos de diplomáticos del viejo estilo o militares irresponsables y llegara a mostrarse agresivo, los otros Estados del mundo ejercerían presiones bajo la dirección de la Sociedad de Naciones. La presión económica o incluso moral sería suficiente; si no fuera así, los miembros de la Sociedad quedarían autorizados para usar la fuerza armada.
En abril de 1918 se prometió justicia para Alemania, pero ¿qué era lo justo para Alemania? Para los alemanes, cualquier clase de mengua de un tratamiento igualitario sería una injusticia; para los que hicieron la paz, la justicia para Alemania no significaba un tratamiento igual para ésta, ya que un criminal debe ser tratado de manera diferente a sus víctimas. La paz de París se componía de cuatro tratados, con Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria, y Turquía. El tratado de Alemania, el tratado de Versalles, fue el más importante.
La mayor parte de los franceses deseaban debilitar a Alemania, desarmarla, privarla de su integridad territorial, ocuparla militarmente, quitarle su dinero y rodearla de poderosos enemigos: el gobierno francés deseaba una paz que aplastara a Alemania. Poncairé, Foch y la derecha francesa opinaban que Alemania debía ser debilitada y mantenida en este estado prescindiendo de la opinión anglosajona; Clemenceau, jefe de la delegación francesa en la Conferencia de Paz, y la izquierda preferían mantener un entendimiento con Inglaterra y América, y estaban dispuestos a un compromiso en su política con respecto a Alemania. La Alemania de entreguerras tuvo mucho que agradecer a la voluntad de Clemenceau de llegar a un compromiso. Lloyd George, el primer ministro británico, quería convertir a Alemania en un país pacífico, llevar la prosperidad a este país y, consiguientemente, a Europa, y evitar el deslizamiento de Alemania al bolchevismo. Fue Lloyd George, y no Wilson, quien luchó más ardientemente por los intereses alemanes en Versalles. El tratado de Versalles fue la obra personal de estos tres hombres, Clemenceau, Lloyd George y Wilson. Las principales cuestiones que el tratado de Versalles intentaba resolver eran las reparaciones, las fronteras de Alemania, el desarme alemán y la suerte de las colonias alemanas.
- Reparaciones. Las principales preguntas a las que se debía encontrar una respuesta eran cuánto tendría que pagar Alemania y cuánto podría pagar. Los catorce puntos de Wilson dejaban bien sentado que Bélgica y las regiones francesas que habían sido invadidas debían ser reparadas. Por medio del tratado se obligaba a Alemania a aceptar que debía pagar mucho más de lo que con toda probabilidad podía, quedando para más tarde el cálculo de la cifra exacta. Estas cláusulas del tratado motivaron una comprensible decepción en Alemania. Lloyd George ambicionaba tres objetivos: que la vida en la futura Alemania fuese soportable, que Inglaterra obtuviera la mayor parte posible de los pagos efectuados por Alemania, y que la opinión pública inglesa quedara convencida de que Alemania iba a ser tratada con la máxima dureza. El segundo y el tercer objetivos quedaban automáticamente garantizados gracias a la cuenta que se iba a presentar a Alemania de las pensiones a pagar por los aliados a las viudas, a los soldados mutilados y a las personas dependientes de los que lucharon durante la guerra. Clemenceau deseaba obtener para Francia el máximo de estos pagos. Wilson y sus consejeros deseaban calcular lo que se podía esperar razonablemente de Alemania, teniendo en cuenta que Inglaterra y Francia habían sufrido los efectos de la guerra con mayor intensidad que su propio país. Así, se determinó una comisión compuesta de delegados de las grandes potencias para determinar el importe de los daños.
- Las fronteras. Hubo una cuestión que fue decidida sin ninguna dificultad: Alsacia y Lorena deberían ser devueltas a Francia. Francia fue aún mucho más lejos y propuso una ocupación militar, francesa o aliada, de duración indefinida, de la orilla izquierda del Rin y de sus principales cabezas de puente: el argumento esgrimido era la convicción de que no se podía confiar ni siquiera en una Alemania republicana; era necesario el empleo de la fuerza para poner coto a estas tendencias agresivas. Esta propuesta desagradó a Lloyd George, que estaba a favor de una Alemania próspera: “no podemos desmantelarla y simultáneamente esperar que pague”. Sin embargo, su intención era firmar pronto la paz para devolver la estabilidad a Europa, y para ello era necesario hacer condiciones al lado francés. Finalmente, prevaleció la teoría de Clemenceau de que la ocupación podría darse por finalizada antes de los quince años si Alemania cumplía las obligaciones estipuladas en el tratado. Asimismo, se introdujeron algunos cambios en la frontera germano-belga, aumentando la extensión de Bélgica; también se ampliaron las fronteras de Dinamarca y las de Polonia, con lo que más de un millón de alemanes quedaron bajo el control polaco. Igualmente, varios millones de alemanes quedaron dentro del nuevo Estado Checoslovaco, y un número aún mayor dentro de la nueva Austria. Con toda probabilidad, la mayoría de los austríacos alemanes deseaban formar parte del Reich alemán; pero el tratado dejó bien sentado que no podrían hacerlo sin el permiso francés, y Francia no estaba dispuesta a favorecer de ninguna manera el engrandecimiento alemán.
- El desarme alemán. El desarme y la prohibición del rearme alemanes suscitaron escasas diferencias de opinión entre los participantes en la conferencia de paz. El ejército alemán quedó limitado por el tratado a 100.000 hombres que servirían no menos de doce años, y se restringieron cuidadosamente las armas permitidas. Se prohibió a Alemania contar con una fuerza aérea.
- Las colonias alemanas. El tratado de Versalles reza: “Alemania renuncia a todos sus derechos y títulos sobre sus posesiones ultramarinas en favor de las potencias aliadas principales y asociadas”. Las dificultades surgieron al afrontar el problema de la redistribución de los territorios alemanes, de sus derechos en China y del modo en que se administrarían en el futuro estas colonias. La solución era preparar los territorios pertinentes para su autogobierno en un futuro más o menos remoto, bajo la supervisión internacional de la Sociedad de Naciones. Estas disposiciones fueron acogidas en Alemania como un caso de trato desigual.
La paz con Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía
El hecho más importante del acuerdo austrohúngaro era que Austria-Hungría dejaba de existir. Ya antes de la Conferencia de Paz, la monarquía de los Habsburgo se había disgregado, surgiendo nuevas entidades como Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. Estos Estados hacían reclamaciones, con frecuencia incompatibles entre sí, sobre determinadas partes de los territorios de la caduca monarquía; al mismo tiempo, Polonia, Italia y Rumanía hacían valer sus propias peticiones. La monarquía de los Habsburgo había parecido útil a cada una de las nacionalidades existentes dentro de sus fronteras como medio de refrenar a las restantes; ahora el mediador entre las naciones no sería el rey y emperador, sino la Conferencia de Paz. Las decisiones tomadas en la Conferencia estaban dirigidas a respaldar las aspiraciones nacionales Checoslovacas y Yugoslavas. Las poblaciones de lengua alemana, de la parte austríaca fueron anexionadas a Italia y a Checoslovaquia; la nueva frontera con Yugoslavia también se vio favorecida al ser trazada de acuerdo con límites étnicos. A esta reducida Austria le fue impuesta la independencia e, incapaz de sobrevivir económicamente por sí misma, fue condenada desde entonces a una dura lucha contra el hambre y el desempleo.
Hungría también quedó reducida tras satisfacer las demandas de Checoslovaquia, Rumanía y Yugoslavia. Checoslovaquia obtuvo Rutenia, y escamoteó a Hungría casi un millón de magiares, un cuarto de millón de alemanes, y algo menos de dos millones de eslovacos. Transilvania fue cedida de Rumanía; grandes zonas de Croacia y Eslovenia que pertenecían a Hungría fueron cedidas a Yugoslavia. Por otro lado, Polonia se constituyó como un Estado independientes. El tratado húngaro, lo mismo que el alemán, creó resentimiento en el país vencido.
El tratado de Neuilly con Bulgaria era menos drástico que los demás tratados europeos; cedía a Yugoslavia dos pequeñas zonas del este de Bulgaria por razones estratégicas, y transfería la Tracia occidental de Bulgaria a Grecia, separando así Bulgaria del mar Egeo. En cuanto a Turquía, ésta fue negociada, no impuesta, ya que los aliados no eran lo suficientemente fuertes como para imponer la paz por la fuerza: la separación de todas las zonas asiáticas del Imperio otomano, excepto Anatolia, fue impuesta sin dificultad. El acuerdo sobre el Oriente Medio de los años de la posguerra elevó a la cumbre el poder de Francia e Inglaterra en dicha zona.
La consolidación de la paz. El problema ruso
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La I Guerra Mundial. Los Tratados De Paz Y La Sociedad De Naciones
Tras la Revolución rusa de 1917, el bolchevismo sobrevivió, contrariamente a las esperanzas y a las intenciones de los aliados. La voluntad de Inglaterra y Francia no era lo bastante fuerte para imponerse a Rusia, aun estando envuelta en una guerra civil. Los soldados de la primera guerra lucharían solamente por una causa en la cual creyeran; los bolcheviques aducían, con cierta razón, estar del lado de las masas trabajadoras, de los obreros y campesinos, mientras era absolutamente evidente que sus oponentes en Rusia representaban a los terratenientes y los capitalistas. Es más, los Estados aliados temían un contagio del bolchevismo, de manera que las fuerzas aliadas en Rusia, que habían llegado durante la guerra con Alemania, permanecieron allí aisladas manteniendo posiciones defensivas sin contribuir en absoluto al resultado de la guerra civil rusa. La intervención aliada contra los soviets se limitó al ofrecimiento de dinero, armas y suministros para ayudar a las fuerzas antibolcheviques. Sólo gracias a esta intervención, Polonia logró escapar a duras penas de la aniquilación a manos del Ejército Rojo en 1920.
Los polacos se habían ofrecido en septiembre de 1919 a enviar medio millón de hombres contra Moscú a cambio de la financiación aliada. Clemenceau y Lloyd George renunciaron rápidamente a este plan, ya que proyectaban un empleo muy diferente del ejército polaco: la expulsión de las fuerzas alemanas de las antiguas provincias bálticas rusas, que habían atraído a numerosos elementos de la extrema derecha con el propósito de colonizar la zona báltica, restaurar la monarquía rusa y aplastar la república alemana, aniquilando así la obra de Versalles. El objetivo de Pilsudski, jefe del Estado polaco, era crear una gran Polonia separando Ucrania, la Rusia Blanca y Lituania de Rusia, y uniendo estos territorios a Polonia mediante una federación, dejándoles al mismo tiempo la independencia necesaria para conseguir el apoyo de movimientos nacionalistas. Así, Pilsudski aceleró sus propios preparativos y dirigió una ofensiva polaca a finales de abril de 1920. Kiev fue tomado, pero enseguida fueron expulsados por el Ejército Rojo, que continuó su marcha hacia Varsovia. A las puertas de Varsovia, la derrota polaca parecía inminente, hasta que el ejército de Pilsudski contraatacó y el ejército soviético fue derrotado. Esta derrota fue debida, principalmente, a la debilidad rusa en cuanto a equipo y vías de comunicación; sin embargo, esta derrota consolidó el régimen bolchevique, porque el conflicto con los polacos hizo surgir en su apoyo un sentimiento de fervor patriótico.
Las energías del régimen soviético se vieron absorbidas durante el resto de la década y gran parte de la siguiente en el empeño de conseguir un rápido crecimiento económico. Por ello, la política exterior rusa tras la guerra polaca tuvo un carácter defensivo, tendente a mantenerse alejada del resto del mundo, más que a cambiarlo. La Unión Soviética se convirtió en la gran ausente de la política europea y mundial. Cada vez se hizo más difícil emprender una política común hacia Rusia. Sin embargo, el gobierno británico tenía interés en restablecer el comercio mundial poniendo punto final a los conflictos políticos, al mismo tiempo que los franceses parecían estar convencidos de la posibilidad de derrocar el bolchevismo en Rusia. Así Lloyd George pensaba que Polonia debía hacer la paz con Rusia en las mejores condiciones posibles, mientras que Francia pensaba que Polonia debía ser empujada a luchar contra Rusia, razón por la cual suministró equipo al gobierno polaco. Durante estos años, la ayuda más sorprendente recibida por el gobierno soviético vino de Alemania. La derrota rusa cerca de Varsovia supuso un duro golpe a la reciente alianza germanosoviética. Aun así, el asesoramiento militar y técnico de los alemanes hizo posible que el Ejército Rojo se modernizase con mayor rapidez que si lo hubiera hecho por sí mismo; los militares alemanes ayudaron a formarse militarmente a los que serían en el futuro sus más formidables enemigos.
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Los polacos se habían ofrecido en septiembre de 1919 a enviar medio millón de hombres contra Moscú a cambio de la financiación aliada. Clemenceau y Lloyd George renunciaron rápidamente a este plan, ya que proyectaban un empleo muy diferente del ejército polaco: la expulsión de las fuerzas alemanas de las antiguas provincias bálticas rusas, que habían atraído a numerosos elementos de la extrema derecha con el propósito de colonizar la zona báltica, restaurar la monarquía rusa y aplastar la república alemana, aniquilando así la obra de Versalles. El objetivo de Pilsudski, jefe del Estado polaco, era crear una gran Polonia separando Ucrania, la Rusia Blanca y Lituania de Rusia, y uniendo estos territorios a Polonia mediante una federación, dejándoles al mismo tiempo la independencia necesaria para conseguir el apoyo de movimientos nacionalistas. Así, Pilsudski aceleró sus propios preparativos y dirigió una ofensiva polaca a finales de abril de 1920. Kiev fue tomado, pero enseguida fueron expulsados por el Ejército Rojo, que continuó su marcha hacia Varsovia. A las puertas de Varsovia, la derrota polaca parecía inminente, hasta que el ejército de Pilsudski contraatacó y el ejército soviético fue derrotado. Esta derrota fue debida, principalmente, a la debilidad rusa en cuanto a equipo y vías de comunicación; sin embargo, esta derrota consolidó el régimen bolchevique, porque el conflicto con los polacos hizo surgir en su apoyo un sentimiento de fervor patriótico.
Las energías del régimen soviético se vieron absorbidas durante el resto de la década y gran parte de la siguiente en el empeño de conseguir un rápido crecimiento económico. Por ello, la política exterior rusa tras la guerra polaca tuvo un carácter defensivo, tendente a mantenerse alejada del resto del mundo, más que a cambiarlo. La Unión Soviética se convirtió en la gran ausente de la política europea y mundial. Cada vez se hizo más difícil emprender una política común hacia Rusia. Sin embargo, el gobierno británico tenía interés en restablecer el comercio mundial poniendo punto final a los conflictos políticos, al mismo tiempo que los franceses parecían estar convencidos de la posibilidad de derrocar el bolchevismo en Rusia. Así Lloyd George pensaba que Polonia debía hacer la paz con Rusia en las mejores condiciones posibles, mientras que Francia pensaba que Polonia debía ser empujada a luchar contra Rusia, razón por la cual suministró equipo al gobierno polaco. Durante estos años, la ayuda más sorprendente recibida por el gobierno soviético vino de Alemania. La derrota rusa cerca de Varsovia supuso un duro golpe a la reciente alianza germanosoviética. Aun así, el asesoramiento militar y técnico de los alemanes hizo posible que el Ejército Rojo se modernizase con mayor rapidez que si lo hubiera hecho por sí mismo; los militares alemanes ayudaron a formarse militarmente a los que serían en el futuro sus más formidables enemigos.
La Sociedad de Naciones
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La I Guerra Mundial. Los Tratados De Paz Y La Sociedad De Naciones
Principios, órganos y funcionamiento
Durante la I Guerra Mundial diversos medios intelectuales y pacifistas defendieron la idea de constituir, a la finalización de la guerra, una asociación de Estados como medio para resolver pacíficamente los conflictos internacionales y prevenir una nueva guerra. Este esfuerzo ganó cierto carácter oficial, en particular en los gobiernos británico y norteamericano, deseosos de trasladar a la organización de la paz todo lo que el esfuerzo de la guerra había enseñado en materia de cooperación internacional. Así, cuando el Presidente Wilson presentó al Congreso sus famosos Catorce Puntos, el catorce decía lo siguiente: “Debe formarse una asociación general de naciones, bajo convenios especiales, con el fin de ofrecer garantías recíprocas de independencia política e integridad territorial tanto a los Estados grandes como a los pequeños”. Entre noviembre de 1918, fecha de la firma del armisticio, y enero de 1919, fecha de la apertura de la Conferencia de Paz en París, se publicó una importante contribución a los trabajos encaminados a definir la estructura, funcionamiento y finalidades de la proyectada asociación general de naciones. Su autor, el general Smuts, era un antiguo ministro del Gabinete de Guerra británico, que precisó con claridad las tras funciones esenciales que debía llevar a cabo la nueva institución: la salvaguardia de la paz, la regulación y organización de la creciente red de relaciones internacionales, y ser el gran centro internacional de vida civilizada capaz de garantizar la prevención de la guerra.
Pocos días después de inaugurada la Conferencia de Paz, el Consejo Supremo, formado por los representantes de los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Francia e Italia, adoptó una resolución con varias propuestas para la creación de una Sociedad de Naciones, cuyos fines eran los tres puntos antes expuestos. Se trataba de la creación de un marco institucional para la cooperación internacional y un sistema de seguridad colectiva, capaz de impedir la repetición de una catástrofe como había sido la I Guerra Mundial. Medio año después de la firma del Tratado de Versalles, el Pacto de la Sociedad de Naciones entró en vigor el 10 de enero de 1920. Como el Senado de los Estados Unidos de América no ratificó el Tratado de Versalles, la Sociedad de Naciones nació, paradójicamente, sin la participación del Estado que a través de su Presidente había sido su principal impulsor. Tras la I Guerra Mundial, por tanto, se constituyó la primera Organización Internacional política, cuyo principal objetivo fue garantizar el statu quo surgido de los Tratados de Paz, llamados a establecer un orden internacional estable y equilibrado.
La estructura orgánica de la Sociedad de Naciones, cuya sede quedó establecida en Ginebra, estaba dotada de: a) un Secretariado, inspirado en el de las Uniones Administrativas, pero dotado de un estatuto internacional; el primer Secretario General de la Sociedad de Naciones, Sir Eric Drummond, constituyó una administración auténticamente internacional; b) un órgano plenario, la Asamblea, que se reuniría en épocas fijas y en cualquier otro momento que fuere preciso, cuyas resoluciones se adoptarían por unanimidad, y en el que se expresaba y recogía la aspiración a la igualdad de todos los Estados (grandes, medianos y pequeños); c) un órgano de composición restringida, el Consejo, integrado por miembros permanentes, representantes de las principales Potencias Aliadas y Asociadas, y miembros temporales elegidos por la Asamblea; el Consejo se reuniría cuando las circunstancias lo exigieren y por lo menos una ver al año, y sus decisiones se adoptarían por unanimidad.
El Pacto de la Sociedad de Naciones distinguía entre miembros originarios y miembros admitidos: los primeros figuraban expresamente en el Anejo al Pacto; los segundos podían ser todo Estado, Dominio o Colonia que se gobernase libremente, diese garantías de su intención sincera de observar sus compromisos internacionales y aceptase la reglamentación establecida por la Sociedad de Naciones en lo concerniente a armamentos y fuerzas militares, y si dos terceras partes de la Asamblea se declaraban a favor de su admisión como Estado Miembro. Así, la Sociedad fue concebida como una asociación de y entre Estados. La condición de miembro se perdía por retirada; por disentir de alguna enmienda que modificara el Pacto; por expulsión; finalmente, por pérdida de la condición de comunidad política independiente.
La renuncia a la utilización de la fuerza y el arreglo pacífico de controversias
La Sociedad de Naciones recogía la idea de que un mecanismo internacional institucionalizado podía y debía llevar a cabo un importante papel en la tarea de perfeccionar los procedimientos de la diplomacia tradicional, de modo que la mediación de terceros quedara institucionalizada, por vez primera en la historia, al estar confiada a dos órganos internacionales: la Asamblea y, sobre todo, el Consejo de la Sociedad de Naciones. El Pacto de la Sociedad de Naciones, efectivamente, institucionalizó un sistema de arreglo pacífico de controversias, basado en el principio de que los Estados Miembros convenían en que si surgía entre ellos algún desacuerdo capaz de ocasionar una ruptura, lo someterían al examen del Consejo y de la Asamblea, al arbitraje o al arreglo judicial. Una controversia, por tanto, debía ser sometida al examen de órganos políticos (Consejo o Asamblea), o a la decisión de un Tribunal arbitral o de la Corte Permanente de Justicia Internacional. Esta última, que no fue concebida como órgano de la Sociedad de Naciones aunque su constitución venía prevista en el Pacto, supuso una indudable innovación y un claro testimonio del proceso de institucionalización de los procedimientos jurisdiccionales de arreglo pacífico de controversias.
En las controversias que voluntariamente le fueran sometidas por los Estados, la Corte Permanente de Justicia Internacional debería aplicar las convenciones internacionales, la costumbre internacional y los principios generales de Derecho internacional reconocidos por las naciones civilizadas. Sin embargo, según este mismo Derecho, ningún Estado podía ser obligado a someter sus controversias con otros Estados a la mediación, al arbitraje o a cualquier otro medio de solución pacífica sin su consentimiento. Por esta razón, los Estados Miembros de la Sociedad de Naciones asumieron una obligación de comportamiento en materia de solución pacífica de conflictos: llevar la controversia al Consejo o a la Asamblea, o someterla de común acuerdo al arbitraje o al arreglo judicial. No obstante, puesto que ni el arbitraje ni el arreglo judicial fueron contemplados como los únicos procedimientos de arreglo pacífico, pudieron recurrir al Consejo y a la Asamblea, el papel de la Corte Permanente de Justicia Internacional quedó reducido. Además, este órgano no era un verdadero poder judicial internacional: su jurisdicción contenciosa era voluntaria.
Las lagunas del Pacto de la Sociedad de Naciones en materia de arreglo pacífico de controversias explican las tentativas que pronto se intentaron con el fin de rellenar tales lagunas. Uno de estos intentos fue el Protocolo de Ginebra, que pretendió consagrar la obligación de arreglo pacífico de las controversias: los conflictos que no se sometieran a la Corte Permanente de Justicia Internacional o al arbitraje, se someterían al Consejo de la Sociedad de Naciones, cuyas resoluciones, adoptadas por unanimidad, serían obligatorias para las partes; si el Consejo no llegase a una resolución unánime, nombraría árbitros, a los que las partes estarían obligadas a someter la diferencia, así como a aceptar y cumplir la sentencia o laudo arbitral. Sin embargo, aunque firmando por catorce Estados, el Protocolo jamás llegó a entrar en vigor, ya que chocaba con las exigencias del realismo político.
Una vía más realista fue la seguida por el Acta General para el arreglo pacífico de las diferencias internacionales, Acta General de Arbitraje, adoptada por la Asamblea en septiembre de 1928 y entrada en vigor en agosto de 1929. Su finalidad era extender a los Estados la obligación de recurrir a procedimientos de solución pacífica de las diferencias internacionales. Para ello ofrecía a los Estados la posibilidad de solucionar los conflictos que no hubieran podido ser resueltos por la vía de la negociación a través de tres procedimientos distintos de arreglo pacífico: la conciliación, el arreglo judicial y el arbitraje. La conciliación es un procedimiento de arreglo pacífico caracterizado por la intervención de un tercero imparcial -la Comisión de conciliación- al que se somete el examen de todos los elementos de la controversia, para que proponga a las partes una solución. La propuesta no vincula a las partes, y éstas conserva, por tanto, su libertad de acción y de decisión. Pero el Acta General permitía a los Estados la aceptación de sólo partes de la misma, así como la formulación de reservas, con lo que el consentimiento y la voluntad de los Estados resultaban claves, y el alcance del sistema quedaba muy limitado, teniendo un escaso resultado práctico.
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Durante la I Guerra Mundial diversos medios intelectuales y pacifistas defendieron la idea de constituir, a la finalización de la guerra, una asociación de Estados como medio para resolver pacíficamente los conflictos internacionales y prevenir una nueva guerra. Este esfuerzo ganó cierto carácter oficial, en particular en los gobiernos británico y norteamericano, deseosos de trasladar a la organización de la paz todo lo que el esfuerzo de la guerra había enseñado en materia de cooperación internacional. Así, cuando el Presidente Wilson presentó al Congreso sus famosos Catorce Puntos, el catorce decía lo siguiente: “Debe formarse una asociación general de naciones, bajo convenios especiales, con el fin de ofrecer garantías recíprocas de independencia política e integridad territorial tanto a los Estados grandes como a los pequeños”. Entre noviembre de 1918, fecha de la firma del armisticio, y enero de 1919, fecha de la apertura de la Conferencia de Paz en París, se publicó una importante contribución a los trabajos encaminados a definir la estructura, funcionamiento y finalidades de la proyectada asociación general de naciones. Su autor, el general Smuts, era un antiguo ministro del Gabinete de Guerra británico, que precisó con claridad las tras funciones esenciales que debía llevar a cabo la nueva institución: la salvaguardia de la paz, la regulación y organización de la creciente red de relaciones internacionales, y ser el gran centro internacional de vida civilizada capaz de garantizar la prevención de la guerra.
Pocos días después de inaugurada la Conferencia de Paz, el Consejo Supremo, formado por los representantes de los Estados Unidos de América, Gran Bretaña, Francia e Italia, adoptó una resolución con varias propuestas para la creación de una Sociedad de Naciones, cuyos fines eran los tres puntos antes expuestos. Se trataba de la creación de un marco institucional para la cooperación internacional y un sistema de seguridad colectiva, capaz de impedir la repetición de una catástrofe como había sido la I Guerra Mundial. Medio año después de la firma del Tratado de Versalles, el Pacto de la Sociedad de Naciones entró en vigor el 10 de enero de 1920. Como el Senado de los Estados Unidos de América no ratificó el Tratado de Versalles, la Sociedad de Naciones nació, paradójicamente, sin la participación del Estado que a través de su Presidente había sido su principal impulsor. Tras la I Guerra Mundial, por tanto, se constituyó la primera Organización Internacional política, cuyo principal objetivo fue garantizar el statu quo surgido de los Tratados de Paz, llamados a establecer un orden internacional estable y equilibrado.
La estructura orgánica de la Sociedad de Naciones, cuya sede quedó establecida en Ginebra, estaba dotada de: a) un Secretariado, inspirado en el de las Uniones Administrativas, pero dotado de un estatuto internacional; el primer Secretario General de la Sociedad de Naciones, Sir Eric Drummond, constituyó una administración auténticamente internacional; b) un órgano plenario, la Asamblea, que se reuniría en épocas fijas y en cualquier otro momento que fuere preciso, cuyas resoluciones se adoptarían por unanimidad, y en el que se expresaba y recogía la aspiración a la igualdad de todos los Estados (grandes, medianos y pequeños); c) un órgano de composición restringida, el Consejo, integrado por miembros permanentes, representantes de las principales Potencias Aliadas y Asociadas, y miembros temporales elegidos por la Asamblea; el Consejo se reuniría cuando las circunstancias lo exigieren y por lo menos una ver al año, y sus decisiones se adoptarían por unanimidad.
El Pacto de la Sociedad de Naciones distinguía entre miembros originarios y miembros admitidos: los primeros figuraban expresamente en el Anejo al Pacto; los segundos podían ser todo Estado, Dominio o Colonia que se gobernase libremente, diese garantías de su intención sincera de observar sus compromisos internacionales y aceptase la reglamentación establecida por la Sociedad de Naciones en lo concerniente a armamentos y fuerzas militares, y si dos terceras partes de la Asamblea se declaraban a favor de su admisión como Estado Miembro. Así, la Sociedad fue concebida como una asociación de y entre Estados. La condición de miembro se perdía por retirada; por disentir de alguna enmienda que modificara el Pacto; por expulsión; finalmente, por pérdida de la condición de comunidad política independiente.
La renuncia a la utilización de la fuerza y el arreglo pacífico de controversias
La Sociedad de Naciones recogía la idea de que un mecanismo internacional institucionalizado podía y debía llevar a cabo un importante papel en la tarea de perfeccionar los procedimientos de la diplomacia tradicional, de modo que la mediación de terceros quedara institucionalizada, por vez primera en la historia, al estar confiada a dos órganos internacionales: la Asamblea y, sobre todo, el Consejo de la Sociedad de Naciones. El Pacto de la Sociedad de Naciones, efectivamente, institucionalizó un sistema de arreglo pacífico de controversias, basado en el principio de que los Estados Miembros convenían en que si surgía entre ellos algún desacuerdo capaz de ocasionar una ruptura, lo someterían al examen del Consejo y de la Asamblea, al arbitraje o al arreglo judicial. Una controversia, por tanto, debía ser sometida al examen de órganos políticos (Consejo o Asamblea), o a la decisión de un Tribunal arbitral o de la Corte Permanente de Justicia Internacional. Esta última, que no fue concebida como órgano de la Sociedad de Naciones aunque su constitución venía prevista en el Pacto, supuso una indudable innovación y un claro testimonio del proceso de institucionalización de los procedimientos jurisdiccionales de arreglo pacífico de controversias.
En las controversias que voluntariamente le fueran sometidas por los Estados, la Corte Permanente de Justicia Internacional debería aplicar las convenciones internacionales, la costumbre internacional y los principios generales de Derecho internacional reconocidos por las naciones civilizadas. Sin embargo, según este mismo Derecho, ningún Estado podía ser obligado a someter sus controversias con otros Estados a la mediación, al arbitraje o a cualquier otro medio de solución pacífica sin su consentimiento. Por esta razón, los Estados Miembros de la Sociedad de Naciones asumieron una obligación de comportamiento en materia de solución pacífica de conflictos: llevar la controversia al Consejo o a la Asamblea, o someterla de común acuerdo al arbitraje o al arreglo judicial. No obstante, puesto que ni el arbitraje ni el arreglo judicial fueron contemplados como los únicos procedimientos de arreglo pacífico, pudieron recurrir al Consejo y a la Asamblea, el papel de la Corte Permanente de Justicia Internacional quedó reducido. Además, este órgano no era un verdadero poder judicial internacional: su jurisdicción contenciosa era voluntaria.
Las lagunas del Pacto de la Sociedad de Naciones en materia de arreglo pacífico de controversias explican las tentativas que pronto se intentaron con el fin de rellenar tales lagunas. Uno de estos intentos fue el Protocolo de Ginebra, que pretendió consagrar la obligación de arreglo pacífico de las controversias: los conflictos que no se sometieran a la Corte Permanente de Justicia Internacional o al arbitraje, se someterían al Consejo de la Sociedad de Naciones, cuyas resoluciones, adoptadas por unanimidad, serían obligatorias para las partes; si el Consejo no llegase a una resolución unánime, nombraría árbitros, a los que las partes estarían obligadas a someter la diferencia, así como a aceptar y cumplir la sentencia o laudo arbitral. Sin embargo, aunque firmando por catorce Estados, el Protocolo jamás llegó a entrar en vigor, ya que chocaba con las exigencias del realismo político.
Una vía más realista fue la seguida por el Acta General para el arreglo pacífico de las diferencias internacionales, Acta General de Arbitraje, adoptada por la Asamblea en septiembre de 1928 y entrada en vigor en agosto de 1929. Su finalidad era extender a los Estados la obligación de recurrir a procedimientos de solución pacífica de las diferencias internacionales. Para ello ofrecía a los Estados la posibilidad de solucionar los conflictos que no hubieran podido ser resueltos por la vía de la negociación a través de tres procedimientos distintos de arreglo pacífico: la conciliación, el arreglo judicial y el arbitraje. La conciliación es un procedimiento de arreglo pacífico caracterizado por la intervención de un tercero imparcial -la Comisión de conciliación- al que se somete el examen de todos los elementos de la controversia, para que proponga a las partes una solución. La propuesta no vincula a las partes, y éstas conserva, por tanto, su libertad de acción y de decisión. Pero el Acta General permitía a los Estados la aceptación de sólo partes de la misma, así como la formulación de reservas, con lo que el consentimiento y la voluntad de los Estados resultaban claves, y el alcance del sistema quedaba muy limitado, teniendo un escaso resultado práctico.
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